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El aprendizaje del miedo en Granada Hoy

José Abad, crítico literario y profesor de la Universidad de Granada, reseña El aprendizaje del miedo

Desde el principio, el título del reciente poemario de Paco Ramos Torrejón me hacía pensar en Carlo Emilio Gadda y en aquel particular vademécum suyo: El aprendizaje del dolor, publicado originalmente en 1963. La sensación aumentó al leer las precisas, concisas composiciones de El aprendizaje del miedo (Lápices de Luna): el dolor es un tema recurrente, reincidente, desde el primer poema al último.

Un dolor que tiene una razón de ser: la sombra de una dolorosa pérdida para el poeta recorre los versos de este delicado libro. El dolor aviva el miedo y el miedo condiciona nuestra existencia, de ahí que el poeta se exija (nos exija) no sucumbir a ellos. Al contrario, según él, tenemos mucho que aprender de ambos: el dolor y el miedo son susceptibles de convertirse en engranajes indispensable de una epistemología personal e intransferible. En la primera pieza -titulada precisamente Los poetas del dolor-, Ramos Torrejón se dirige en términos admonitorios a los cantores de amores perdidos: «Escribid de la miseria, / anulad la soga del suicida, / convertid su ritual en imperativo de futuro. / Jugad a que la vida no es en realidad vida». En Pregunta retórica se queja de que unos y otros nos hayan estado engañando, «nos drogaron de ansiolíticos / para no enseñarnos a convivir con el dolor».

A la pregunta de qué significa el miedo para él, Paco Ramos Torrejón responde que es un sentimiento innato: «Por miedo a perder a un hijo una madre es capaz de dar su vida por él. Y viceversa -me dice-. La vida nos planta en ocasiones ante situaciones límites en las que aflora el miedo. Nunca sabemos cómo vamos a reaccionar ante ellas; cuando ese miedo surge descubrimos una parte desconocida de nosotros mismos; nos ayuda, por tanto, a saber de qué pasta estamos hechos. Y nos enseña también que la vida no es sólo un camino de dicha, sino que el peligro acecha en cualquier momento, lo que nos lleva a vivir la vida de una manera más plena y más consciente». Esta reflexión coincide con la expuesta por Francisco Mora en su ensayo ¿Es posible una cultura sin miedo? (Alianza Editorial): «el miedo […] junto a la verdad, la felicidad, la belleza, la justicia, la libertad y la dignidad, sigue siendo pieza central del tablero cognitivo humano. Cierto que el miedo no es sólo una pieza negativa de ese tablero, sino lo opuesto también, es decir, un motor en positivo hacia cambios en la conducta humana que producen el descubrimiento de nuevos horizontes».

En El aprendizaje del miedo se entremezclan dos cauces poderosos que forman vertiginosos remolinos en la corriente: la certeza de que vivir no es fácil ha de vérselas con la convicción de que vivir es imperativo. Abundan las estampas tristes -me resultó especialmente evocadora, no sé el porqué, la de El arte de los ahorcados-; unas imágenes grises contrarrestadas por una firme voluntad de resistencia a la adversidad: «he decidido vengarme de la muerte, / celebrar el sol, la lluvia, los días de frío, / el otoño que viste las aceras», leemos en Pregunta retórica.

La poesía es una defensa contra las ofensas de la vida, escribió Cesare Pavese. Le pregunto a Ramos Torrejón qué significa para él la poesía. Y él me responde: «El proceso creativo de un poema tiene mucho que ver con asomarse a los abismos de uno mismo, allí donde más arraigado se encuentran nuestros sentimientos. Y escribir sobre ellos nos pone en la tesitura de enfrentar nuestro dolor, nuestros miedos, cara a cara, ponernos ante ellos con la intención de interpretarlos y, una vez reconocidos, enfrentarlos. Creo que ese es el papel fundamental que puede ejercer la poesía hoy en día». En resumen: como el dolor, como el miedo, la poesía deviene otra forma de conocimiento. El volumen incluye media docena de ilustraciones de María Kings, que destacan, al igual que las poesías de Paco Ramos Torrejón, por su poder de evocación y su intensidad.

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Tierra fría. Figuras claves

Escribir una novela tiene algo de expedición. Uno puede preparar el viaje, proveerse de mapas y víveres, escoger caminos, prever rutas alternativas, pero una vez se emprende el camino ha de tener el corazón abierto hacia el asombro y lo inesperado.

Conocí a Pedro Fernández Rodríguez como compañero de trabajo. Yo había comenzado a escribir algo que aún no sabía lo que podría llegar a ser, pero pretendía que fuera la historia de un reencuentro que quería localizar en el Valle del Genal. En una de nuestras jornadas laborales, Pedro me contó que él se había criado en el Genal y entre conversación y conversación apareció la historia de su familia y La Sauceda. Cuando me habló de que su abuelo había sido el Presidente del Comité de La Sauceda supe que ahí tenía mi historia. Entre sus testimonios y el estudio titulado El pueblo que un día existió, de Emilio Valenzuela, fui construyendo el libro.

Pero lo que Pedro y yo no sabíamos era la sorpresa que nos estaba esperando y que tenía que ver con esa versión que de su abuelo había llegado a través de las narraciones orales hasta su familia y, por consiguiente, a mí para contarla en Tierra fría.

El hecho fue que, paseando por la Feria del Libro de Jerez, Pedro encontró un libro de Fernando Sígler, Las fosas comunes del Marrufo. Vida republicana y represión franquista en el Valle de La Sauceda. Fernando Sígler es, con toda seguridad, el historiador que con más rigor ha estudiado el bombardeo de La Sauceda. Pedro se llevó el libro a su casa sin saber aún que el asombro le aguardaba, pues dentro del libro se hallaba un papel, en el papel una pista y en la página 250 la reconstrucción que Fernando Sígler hace sobre los últimos días de vida de Pedro Rodríguez Rodríguez y su hermano Juan desde que huyen de la toma de La Sauceda hasta que finalmente son ejecutados.

Esta reconstrucción se lleva a cabo a partir del archivo del procedimiento sumarísimo que ambos hermanos sufren y que custodia en el archivo de La Casa del Memoria de La Sauceda el archivero Juanma Pizarro, a donde Pedro Fernández y yo llegamos emocionados por todos los hallazgos que están surgiendo a raíz de la escritura de la novela. En La Casa de la Memoria, ubicada en Jimena de la Frontera, contactamos con Andrés Rebolledo, quien siguen contándonos una historia que nosotros teníamos a medias. Ese día, de nuevo por obra del azar, mientras conversamos con Andrés Rebolledo, aparece Fernando Sígler, el autor del libro que había desencadenado todo nuestro periplo, en La Casa de la Memoria, y así, como sin quererlo, nos reunimos todos al abrigo de los asesinados que custodian esta historia, la historia de Tierra fría, el libro que más y mejor me ha obsesionado de todos los que haya escrito y que me ha abierto las puertas de tantos silencios y olvidos como alberga el relato del golpe de estado franquista y el estudio de la memoria histórica.

Sin todos estos hallazgos y sin la participación de Pedro Fernández Rodríguez, Emilio Valenzuela, Fernando Sígler, Juanma Pizarro y Andrés Rebolledo, no habría podido escribir este libro. Ellos conforman las figuras claves para su escritura y, por ello, desde aquí, expreso mi agradecimiento y todo mi respeto.

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Tierra fría. Paisaje y contexto histórico

Cuando la ciudad de Ronda fue conquistada por los Reyes Católicos en 1485, los pobladores expulsados se refugiaron en un bosque cercano de laderas escarpadas y profundos valles. Lo bautizaron con el término “Sauce”, que en su lengua original se traducía por “lugar sagrado e inexpugnable”. Es así como comienza a nacer la población de La Sauceda.

La Sauceda es un valle esculpido por el río Hozgarganta en los límites de las provincias de Cádiz y Málaga. Densas laderas de alcornocales y montañas de roca caliza moldean su paisaje, un paisaje por el que en algún momento apareció don Miguel de Cervantes, pues en su Coloquio de los perros, de 1613, la población de La Sauceda ya aparece como tal.

Su estructura no cumplía con los patrones del pueblo andaluz, era, más bien, un diseminado de doce aldeas comunicadas y relacionadas entre ellas que pertenecían al término municipal de Cortes de la Frontera, en cuyo padrón municipal de 1924 se agrupan bajo el nombre de La Sauceda y se las data con una población de 1395 habitantes.

Esta estructura no impedía que se desarrollara la actividad normal de cualquier pueblo. En La Sauceda, además de una ermita que servía como centro social y de celebraciones, había dos escuelas, un molino, tres zapaterías, varias tiendas, dos hornos, carnicerías, herrerías… Es decir, mantenían un modo de vida independiente alrededor de todo el tejido que ellos mismos generaban, al que se sumaba la principal actividad económica de la zona: el corcho.

Emilio Valenzuela, en su estudio El pueblo que un día existió, cuenta que en La Sauceda primaba la idea de que los bienes se podían repartir. “El molino, el horno y una parte del ganado y de la siembra eran comunitarios y sus beneficios servían para el sustento de todas las familias”. Concluye afirmando que “La Sauceda era el diamante en bruto, la cúspide de lo que quería llegar a ser la Segunda República en cuanto a organización y convivencia”. Y todo ello dentro de un paraje idílico.

Pero toda esa calma y ese bienestar se truncaron el 31 de octubre de 1936, cuando cuatro aviones Breguet, pertenecientes al ejército sublevado, sobrevolaron sus cielos bombardeando el poblado. Fue el primer bombardeo sobre población civil que se produjo tras el golpe de estado.

Las tropas del ejército franquista habían entrado por el estrecho unos meses antes y en poco tiempo se habían hecho con el control del Campo de Gibraltar. Los habitantes de sus pueblos fueron huyendo y refugiándose hacia el interior, llegando muchos a La Sauceda. Parecía cuestión de tiempo que los golpistas llegasen hasta allí. Pero el ataque no acabó con el bombardeo, porque al día siguiente cuatro columnas militares, compuestas por entre 2000 y 3000 hombres, según el historiador Fernando Sïgler, llegadas desde diferentes, puntos atacaron la zona por tierra arrasando lo que no habían arrasado las bombas. El objetivo era rodear La Sauceda desde los cuatro puntos cardinales para que no pudiera escapar nadie. Fue así como quemaron las chozas que habían sobrevivido al bombardeo y asesinaron, torturaron, violaron y robaron todo lo que se les puso por delante. Fueron dos días de asesinatos y atrocidades ante los que los habitantes de La Sauceda apenas pudieron defenderse. No eran guerrilleros ni eran personas instruidas para ninguna batalla. No fue una batalla. No fue una guerra. Fue un exterminio.

Así desapareció la población de La Sauceda y comenzó su olvido, un lugar por el que cada fin de semana transitan cientos de senderistas sin saber el horror que allí vivieron los que moraban sus bosques hace ahora 90 años.

Y este es el lugar, el paisaje y el contexto histórico en el que nace Tierra fría. También es el propósito, rescatar del silencio y del olvido este suceso y que se le reconozca la relevancia que se merece.