Categoría

Deambulario

Deambulario

Reseña de Tierra fría, por Concha Pérez Rojas

Fue en uno de aquellos viajes, a la vuelta de alguna feria. Trujillo o Soria, no recuerdo. Sí recuerdo el entusiasmo de Paco, hablándome de la historia que empezaba a fraguar y que, por entonces, era apenas un proyecto remoto, una idea, una de esas visiones que sientes mágicas pero que solo mucho después irán tomando forma. No sé si él se acordará. No sé si aquella historia era exactamente la que ha acabado dando pie a este libro. Pero he identificado retazos, hilos de aquella conversación, y me ha conmovido.

Mi amigo Paco ha escrito ‘Tierra fría’, y a mí me parece uno de los títulos más preciosos que he visto en una portada en mucho tiempo. Paco Ramos es poeta, pero Paco es, por encima de todo, un narrador. En verso o en prosa, Paco ha nacido para contar historias, y eso lo sabe cualquiera que lo haya escuchado. Es una delicia ver a Paco (no solo escucharlo: verlo) enhebrar historias, con una minuciosidad y un entusiasmo que transportan al interlocutor ensimismado a esos mundos suyos que están en alguna parte, esperando para ser contados. Paco es un narrador. Y hay historias que gritan, pidiendo ser contadas. Porque la desmemoria, porque el olvido, porque la infamia, porque nuestros muertos.

‘Tierra fría’ es un acto rotundo de justicia histórica y es una historia de amor. Sobre el trasfondo de la Guerra Civil y el bombardeo de La Sauceda, en la novela se entretejen las pasiones, el devenir de vidas que los propios protagonistas ignoran porque se ignoran, porque desentrañar el pasado equivale a enfrentar el espejo y el diálogo imposible con los muertos. Al mismo tiempo, la novela de Paco está hilvanada en una narrativa ágil, plagada de diálogos que atrapan y no te dejan cerrar el libro.

Lo mismo que en su novela anterior, ‘Memento vivere’, los protagonistas son, al modo de Gregor Samsa, de Bartleby o el Julián de Tomeo, personajes que, un día, deciden romper con lo que habían sido sus vidas. Hay un punto de inflexión, y el mundo es otro y la vida es otra. En la ruptura, en el extrañamiento del afuera y del Otro, hay un re-conocimiento, el re-ligarse con lo íntimo, con el Uno: un acto valiente y salvaje de precipitación al vacío de la identidad. La mirada es riesgo, y el espejo es temeridad.

‘Tierra fría’ remueve, y conmueve hasta las lágrimas. Y, como novela histórica, tiene un acierto rotundo en el Epílogo, donde quedan perfectamente delimitadas la historia real y la ficción. Algo que el género suele obviar y que Paco solventa con un cierre maestro. En el Epílogo, Paco no solo aclara sino que, más allá de ello, reflexiona sobre los pactos factual y de ficción. El amor de Paco por la literatura, por los libros, asoma a lo largo de toda la obra, y en las últimas páginas queda al descubierto y expuesto.

Creo que Paco está en los personajes que dibuja en sus relatos, y creo también que eso dignifica lo literario. Cuando uno no puede desentenderse de lo creado, cuando en lo escrito se atropellan obra y vida, entonces es que, más allá de lo real, lo verosímil y lo ficticio, hay verdad. Y eso es lo que esperamos de la literatura, de cualquier acto creador: verdad.

Deambulario

Memoria, raíces y otra forma de estar en el mundo, por Alicia Domínguez

En su nueva novela, Tierra fría, Paco Ramos aborda un tema que, aunque ampliamente tratado por la literatura histórica y de ficción, no ha perdido un ápice de vigencia ni de necesidad: el deber de recordar lo ocurrido en nuestro país tras el golpe de julio del 36 contra la República y, en concreto, el bombardeo de La Sauceda y la represión sufrida por quienes buscaron refugio en el cortijo de El Marrufo.

Pero Tierra fría no se limita a recuperar la memoria democrática sino que aborda también la resistencia frente a una trituradora productiva y consumista que nos obliga a sacrificar nuestros deseos e, incluso, el amor que desordena las tripas y pone a bailar el corazón.

Publicada por Huerga y Fierro, Tierra fría reconstruye unos hechos que son imprescindibles de recordar, máxime con los vientos reaccionarios y negacionistas que soplan. Pero no se limita a eso sino que nos ofrece una historia en el presente que enlaza, como el propio autor señala, los bombardeos y la represión franquista con otros episodios pertenecientes al territorio de la ficción.

En esa acertada combinación de literatura y realidad histórica radica uno de sus principales valores: tejer una ficción contemporánea con los hilos de hechos ocurridos tiempo atrás y conseguir que estos no aparezcan como recuerdos del pasado sino como heridas que continúan supurando en las generaciones posteriores.

La narración se articula en torno a dos lugares y dos tiempos. El pasado se desarrolla en La Sauceda, enclavada entre las provincias de Málaga y Cádiz, y nos acerca a la historia de Pedro y de Pepa, dolorosamente truncada por el golpe de estado y la represión franquista. El presente se sitúa en Genalguacil, el lugar al que Aurora Heryan regresa en busca de sus raíces y de las respuestas que el silencio familiar le ha negado durante décadas. Allí se cruza con Julio Funes, un hombre muy distinto a ella, pero también marcado por sus propias pérdidas.

Las mujeres, la columna vertebral

A mi juicio, la columna vertebral de Tierra fría la constituye las mujeres: las depositarias de la memoria, las transmisoras de los recuerdos, las que gestaron en sus vientres el dolor a la espera de poder parirlo algún día cuando, por fin, se pudiera hablar de lo horror.

El itinerario comienza con Pepa, viuda de Pedro y abuela de Aurora, a quien Paco Ramos convierte en símbolo de todas aquellas víctimas sin llanto que el franquismo dejó a la intemperie. Una mujer que, después de perder aquello que había constituido su vida y su felicidad, es capaz de rehacerse, aprender, enseñar, transmitir y recordar.

La cadena continúa con la madre de Aurora, curiosamente el único personaje que no tiene nombre. Hija de un republicano fusilado, se ve obligada a emigrar a Alemania para escapar del estigma de roja y buscar otra vida posible lejos de la tierra familiar.

Y culmina en Aurora, berlinesa de nacimiento e hija de emigrantes, que vuelve a España para reconstruir su origen y comprender la herencia recibida. Pepa vive el horror; su hija hereda el estigma y el exilio y Aurora recibe el silencio y regresa para romperlo.

Pero no solo las mujeres recuerdan. También lo hace el viejo Fileas, testigo directo del horror vivido en La Sauceda, cuyo bombardeo, a diferencia del de Gernika, no ha ocupado un lugar destacado en la memoria colectiva. Fileas encarna la memoria oral, la voz de quienes estuvieron allí y conservaron en su memoria lo sucedido cuando todavía no había archivos abiertos, reconocimientos públicos ni voluntad institucional de escuchar.

Una forma de reparación simbólica

La reflexión que surge de la dicotomía que plantea el autor entre la vida rural, tranquila y sin alardes, y la urbana, consumista, productiva y extenuante, constituye otro de los puntos fuertes de la novela. Porque Ramos siempre ha estado preocupado por mostrar la necesidad de regresar a un mundo más humano y sostenible, su poemario Los muertos de Bilderberg (Huerga y Fierro Editores, 2022) es prueba de ello.

De este modo, el encuentro entre Aurora y Julio representa una doble posibilidad: la de regresar a la persona amada y la de recuperar una forma más humana de estar en el mundo, una forma que Julio, profesional de éxito, pieza imprescindible del engranaje capitalista y hombre insatisfecho con su existencia, ha olvidado.  Y es precisamente el hallazgo del amor el que da pie a mostrar las heridas que ambos han arrastrado hasta reconocerse el uno en el otro.

Aurora necesita comprender de dónde viene; Julio, reconocer aquello a lo que renunció.

La condición de poeta de Paco Ramos se hace presente a lo largo de toda la narración. Con una prosa sencilla, fluida y profundamente poética, describe hechos, personas, afectos y espacios sin que la belleza del lenguaje atenúe la crudeza de lo contado. La alternancia entre pasado y presente, las descripciones del paisaje y la atención a los pequeños detalles permiten que la Historia en mayúsculas se encarne en las historias en minúsculas, en las vidas concretas. Especialmente lograda resulta la manera en que La Sauceda deja de ser un mero escenario para convertirse en un territorio emocional: un lugar hermoso sobre el que un día se impuso el horror y que el autor recupera como forma de reparación simbólica.

Tierra fría es, en definitiva, una novela sobre la lucha entre recordar y olvidar; entre recuperar las raíces y no dejarse atrapar por ellas; entre aceptar ser un engranaje de la maquinaria productiva o tener el valor de abandonarlo todo para buscar otro destino, el propio, y reencontrar la esencia que un día se perdió. Porque un bombardeo puede destruir un pueblo; la represión, ahogar las voces de sus habitantes; el silencio, ocultar la verdad, y la sociedad capitalista, triturar sueños y personas, pero nunca podrá acallar los gritos de la memoria y el ansia de recuperar lo auténtico.

Paco Ramos devuelve a La Sauceda y a quienes la habitaron el lugar del que nunca debieron ser expulsados: nuestra historia colectiva. Y a las personas lectoras, la esperanza de que otro mundo es posible.

Deambulario

Siri, Neuman, Freud y una canción de Quique

En Historias de fantasmas, el libro de Siri Hustvedt sobre el duelo por la muerte de Paul Auster, Hustvedt dice:

“En los últimos meses de la vida de Paul hubo periodos en los que estuvo en el hospital o demasiado enfermo para hacer el amor, pero en general su deseo persistió a pesar de los tratamientos contra el cáncer, y pudimos refugiarnos en nuestro amor físico con mucha más frecuencia de lo que jamás habría imaginado. Tres días antes de morir, me dijo, maravillado, que su lujuria había desaparecido. Su muerte era una certeza, la supresión de su impulso sexual lo presagiaba.”

En un ensayo publicado en 1920, Más allá del principio del placer, Freud relaciona los conceptos de Eros y Thanatos como pulsión de vida y pulsión de muerte. El Eros representa la sexualidad, la búsqueda del placer o la satisfacción. Mientras que el Thanatos representa la muerte a través del regreso a un estado inorgánico o de ausencia de excitación/deseo.

En una sociedad que se rige por términos opuestos (frío-calor, rápido-lento, suave-aspero…), la dualidad habla de la vida como lo contrario de la muerte. Freud habla de la muerte como una ausencia del deseo contraponiéndola frente al erotismo o al placer. Esa es la muerte de Paul Auster según las palabras de Siri. A partir de la desaparición de la lujuria, la muerte se presagia.

En Hablar solos, novela publicada por Andrés Neuman en 2009, Elena mantiene una relación sexual con el médico que trata a su marido, Mario, mientras éste vive sus últimos días. Elena se refugia en el sexo como pulsión de vida. Más allá de los juicios morales que alguien pueda hacer, es, como decía Freud, el sexo y no la vida lo que se opone a la muerte por ser un momento en el que la vida alcanza su máxima plenitud a causa del goce de los sentidos. Es esa sensación de plenitud física, de placer carnal, la que nos hace agarrarnos a la vida cuando miramos cara a cara a la muerte, pues la muerte no es más que eso, la ausencia del cuerpo y, como tal, del deseo, de lo carnal.

En algún momento de nuestra tradición judeocristiana, alguien decidió que lo contrario de la muerte era la vida, la vida como concepto abstracto, sin concretar, pero apenas que uno se presiente como un ser sintiente sabe que la vida, la vida plena, es eso: deseo, erotismo, sexualidad, dicha, sentimiento.

En el verano de 2014, mientras el cáncer iniciaba el ataque definitivo contra el cuerpo de mi madre y empezaba a degradarse y a no poder caminar sin ayuda, mantuve la relación más tórrida de mi vida. la muerte se acercaba y yo me entregaba al sexo como refugio, al placer por el placer. Era una forma de huir, pero también de vivir, de darle un espacio al cuerpo que hasta entonces había estado conquistado por la muerte.

Pienso en aquellos días y me llegan los primeros acordes de una vieja canción: “Te acariciaba el viento de poniente / te llevó a la arena bañada en salitre…”

Nunca estuve tan vivo.

Deambulario

Paisanaje gallego

He aprendido a amar esta tierra como antes ya amaba a su gente. Los gallegos fundaron la cofradía de pescadores de Cádiz a principios del siglo XX y eso fue decisivo para el desarrollo económico de la ciudad que venía de la miseria impuesta como castigo por haber impulsado la primera Constitución Liberal de la historia y haber resistido el asedio francés, circunstancias que Fernando VII no perdonó.

Cuando yo era pequeño mi madre me llevaba a visitar a Maruja. Maruja era gallega, de A Coruña, y fue quien le enseñó a coser, ofició que aprendió y ejerció con maestría a lo largo de toda su vida. El hijo de Maruja era Eugenio, un carpintero de ribera de cuyas manos salían los botes que mis tíos utilizaban para el marisqueo y la pesca. Eugenio portaba en la voz un acento cerrado del que nunca llegó a desprenderse, ni siquiera lo oí hablar castellano alguna vez, y un poblado bigote que le caía por las comisuras de los labios como una enredadera por el marco de la ventana que la vio nacer.

Más tarde conocí a Gaspar y Vicente, dos hombres de la mar que habían dejado Galicia en su adolescencia para llegar a Cádiz en busca de trabajo en caladeros más apacibles que los de los mares del norte y la fosa de Gran Sol. Además de pescador, Gaspar era un gran contador de historias, aún disfruto con ellas cuando de tarde en tarde nos encontramos y la charla nos atrapa entre el cariño. Vicente se fue víctima de un cáncer que ya lo amenazaba cuando nos conocimos. Todavía me emociona el recuerdo del brazo alzado de Vicente cuando su cuerpo resistía los duros embates de la quimioterapia y aun así pedía permiso para contar un chiste.

Siempre he dicho que las ciudades se convierten en personas. No las identificamos con calles y monumentos, sino con las personas que vivimos. Pontevedra, más que la Plaza de las Ferrerías, la Rua da Peregrina o la Plaza de España, son Rita y Pau.

Este es mi paisanaje gallego, una manera de ser de un lugar y de todos los lugares donde alguna vez nos hemos encontrado con personas que en un momento concreto fueron casa.

Deambulario

Tierra fría. Figuras claves

Escribir una novela tiene algo de expedición. Uno puede preparar el viaje, proveerse de mapas y víveres, escoger caminos, prever rutas alternativas, pero una vez se emprende el camino ha de tener el corazón abierto hacia el asombro y lo inesperado.

Conocí a Pedro Fernández Rodríguez como compañero de trabajo. Yo había comenzado a escribir algo que aún no sabía lo que podría llegar a ser, pero pretendía que fuera la historia de un reencuentro que quería localizar en el Valle del Genal. En una de nuestras jornadas laborales, Pedro me contó que él se había criado en el Genal y entre conversación y conversación apareció la historia de su familia y La Sauceda. Cuando me habló de que su abuelo había sido el Presidente del Comité de La Sauceda supe que ahí tenía mi historia. Entre sus testimonios y el estudio titulado El pueblo que un día existió, de Emilio Valenzuela, fui construyendo el libro.

Pero lo que Pedro y yo no sabíamos era la sorpresa que nos estaba esperando y que tenía que ver con esa versión que de su abuelo había llegado a través de las narraciones orales hasta su familia y, por consiguiente, a mí para contarla en Tierra fría.

El hecho fue que, paseando por la Feria del Libro de Jerez, Pedro encontró un libro de Fernando Sígler, Las fosas comunes del Marrufo. Vida republicana y represión franquista en el Valle de La Sauceda. Fernando Sígler es, con toda seguridad, el historiador que con más rigor ha estudiado el bombardeo de La Sauceda. Pedro se llevó el libro a su casa sin saber aún que el asombro le aguardaba, pues dentro del libro se hallaba un papel, en el papel una pista y en la página 250 la reconstrucción que Fernando Sígler hace sobre los últimos días de vida de Pedro Rodríguez Rodríguez y su hermano Juan desde que huyen de la toma de La Sauceda hasta que finalmente son ejecutados.

Esta reconstrucción se lleva a cabo a partir del archivo del procedimiento sumarísimo que ambos hermanos sufren y que custodia en el archivo de La Casa del Memoria de La Sauceda el archivero Juanma Pizarro, a donde Pedro Fernández y yo llegamos emocionados por todos los hallazgos que están surgiendo a raíz de la escritura de la novela. En La Casa de la Memoria, ubicada en Jimena de la Frontera, contactamos con Andrés Rebolledo, quien siguen contándonos una historia que nosotros teníamos a medias. Ese día, de nuevo por obra del azar, mientras conversamos con Andrés Rebolledo, aparece Fernando Sígler, el autor del libro que había desencadenado todo nuestro periplo, en La Casa de la Memoria, y así, como sin quererlo, nos reunimos todos al abrigo de los asesinados que custodian esta historia, la historia de Tierra fría, el libro que más y mejor me ha obsesionado de todos los que haya escrito y que me ha abierto las puertas de tantos silencios y olvidos como alberga el relato del golpe de estado franquista y el estudio de la memoria histórica.

Sin todos estos hallazgos y sin la participación de Pedro Fernández Rodríguez, Emilio Valenzuela, Fernando Sígler, Juanma Pizarro y Andrés Rebolledo, no habría podido escribir este libro. Ellos conforman las figuras claves para su escritura y, por ello, desde aquí, expreso mi agradecimiento y todo mi respeto.

Deambulario

Tierra fría. Paisaje y contexto histórico

Cuando la ciudad de Ronda fue conquistada por los Reyes Católicos en 1485, los pobladores expulsados se refugiaron en un bosque cercano de laderas escarpadas y profundos valles. Lo bautizaron con el término “Sauce”, que en su lengua original se traducía por “lugar sagrado e inexpugnable”. Es así como comienza a nacer la población de La Sauceda.

La Sauceda es un valle esculpido por el río Hozgarganta en los límites de las provincias de Cádiz y Málaga. Densas laderas de alcornocales y montañas de roca caliza moldean su paisaje, un paisaje por el que en algún momento apareció don Miguel de Cervantes, pues en su Coloquio de los perros, de 1613, la población de La Sauceda ya aparece como tal.

Su estructura no cumplía con los patrones del pueblo andaluz, era, más bien, un diseminado de doce aldeas comunicadas y relacionadas entre ellas que pertenecían al término municipal de Cortes de la Frontera, en cuyo padrón municipal de 1924 se agrupan bajo el nombre de La Sauceda y se las data con una población de 1395 habitantes.

Esta estructura no impedía que se desarrollara la actividad normal de cualquier pueblo. En La Sauceda, además de una ermita que servía como centro social y de celebraciones, había dos escuelas, un molino, tres zapaterías, varias tiendas, dos hornos, carnicerías, herrerías… Es decir, mantenían un modo de vida independiente alrededor de todo el tejido que ellos mismos generaban, al que se sumaba la principal actividad económica de la zona: el corcho.

Emilio Valenzuela, en su estudio El pueblo que un día existió, cuenta que en La Sauceda primaba la idea de que los bienes se podían repartir. “El molino, el horno y una parte del ganado y de la siembra eran comunitarios y sus beneficios servían para el sustento de todas las familias”. Concluye afirmando que “La Sauceda era el diamante en bruto, la cúspide de lo que quería llegar a ser la Segunda República en cuanto a organización y convivencia”. Y todo ello dentro de un paraje idílico.

Pero toda esa calma y ese bienestar se truncaron el 31 de octubre de 1936, cuando cuatro aviones Breguet, pertenecientes al ejército sublevado, sobrevolaron sus cielos bombardeando el poblado. Fue el primer bombardeo sobre población civil que se produjo tras el golpe de estado.

Las tropas del ejército franquista habían entrado por el estrecho unos meses antes y en poco tiempo se habían hecho con el control del Campo de Gibraltar. Los habitantes de sus pueblos fueron huyendo y refugiándose hacia el interior, llegando muchos a La Sauceda. Parecía cuestión de tiempo que los golpistas llegasen hasta allí. Pero el ataque no acabó con el bombardeo, porque al día siguiente cuatro columnas militares, compuestas por entre 2000 y 3000 hombres, según el historiador Fernando Sïgler, llegadas desde diferentes, puntos atacaron la zona por tierra arrasando lo que no habían arrasado las bombas. El objetivo era rodear La Sauceda desde los cuatro puntos cardinales para que no pudiera escapar nadie. Fue así como quemaron las chozas que habían sobrevivido al bombardeo y asesinaron, torturaron, violaron y robaron todo lo que se les puso por delante. Fueron dos días de asesinatos y atrocidades ante los que los habitantes de La Sauceda apenas pudieron defenderse. No eran guerrilleros ni eran personas instruidas para ninguna batalla. No fue una batalla. No fue una guerra. Fue un exterminio.

Así desapareció la población de La Sauceda y comenzó su olvido, un lugar por el que cada fin de semana transitan cientos de senderistas sin saber el horror que allí vivieron los que moraban sus bosques hace ahora 90 años.

Y este es el lugar, el paisaje y el contexto histórico en el que nace Tierra fría. También es el propósito, rescatar del silencio y del olvido este suceso y que se le reconozca la relevancia que se merece.

Deambulario

Jose Magano o el hecho de mirar sin ver

Dice Jose Magano que se puede perder la visión, pero no la mirada.

J. M. Magano es un fotógrafo con ceguera. Su proceso de pérdida de visión ha sido lento, progresivo, un camino que en cualquier circunstancia podría haberlo alejado de una pasión por la fotografía, y una forma de habitar el mundo, que lleva cultivando desde hace más de treinta años y, sin embargo, su capacidad de resiliencia, y también el amor, han conseguido potenciar su trabajo, alcanzar una forma de mirar que otorga a su fotografía un sentido especial, único, arrolladoramente vivo.

La visión, como afirma Magano, es un sentido y como tal puede perderse, pero la mirada abarca mucho más. Ver es sentir, mirar es interpretar lo que nuestros ojos ven y en ese mirar entran en juego nuestras emociones, nuestros sentimientos, todo lo que en nuestro mundo interior configura los procesos creativos y dan como resultado la experiencia estética. Dicho de otro modo: mirar sería algo así como captar lo no visible, hallar en el hecho fotográfico significados paralelos o aspectos simbólicos. Puede que afuera esté oscuro, pero todo amanece en un mundo interior: es en ese mundo interior donde se establecen relaciones y correspondencias que dan lugar al hecho artístico concreto.

Decía el místico Ibn Arabi que en el camino hacia la visión la imaginación es un mundo intermedio por ser el lugar donde todo adquiere otro aspecto, todo remite a otra cosa, todo puede, en último término, revelarlo todo. En ese estado de transformación Magano recurre a la Calitipia, un proceso fotográfico del siglo XIX con el que consigue sustituir la visión por el tacto sintiendo, de esa forma, todo lo concerniente a un proceso artesanal, pues la enseñanza del tacto no recurre a los ojos sino que, como afirma Clara Janés, la experiencia del tacto es directa, permite recorrer un ángulo, un plano, una esfera; y también que el fotógrafo se fusione con el papel que interviene, con la emulsión, con los químicos que ayudan a nacer la imagen.

Es por todo ello que hay algo innato en el hecho de fotografiar, algo que no se enseña, que no se aprende, sino que se encuentra. Cada fotógrafo crea su propio mundo y Magano ha conseguido crear ese mundo propio donde la belleza sigue ejerciendo su reinado y que se observa en Mucho por ver, el libro que Jose Magano ha publicado con la colaboración de la ONCE y de Materia Editorial, en el que el fotógrafo nos ofrece una recopilación de su trabajo.  

Deambulario

Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura. De Jorge Morcillo

Hace mucho tiempo, unos amigos me prepararon una cita a ciegas. “Te va a gustar”, me dijeron. Y todo empezó bien. Efectivamente, hubo una buena predisposición al vernos, pero todo empezó a torcerse cuando empezamos a hablar de aquello que nos gustaba. Más concretamente cuando le dije que yo pasaba muchas horas leyendo y ella me contestó: “Leer está bien, pero hay que salir, la vida está fuera, en la gente, en las personas, en relacionarte, no en quedarte en casa leyendo.”

Jorge Morcillo ha escrito uno de esos libros en los que cualquiera puede llegar a entender que la literatura puede ser una pasión, un amor, y no una forma de pasar el tiempo por pasarlo, sino una forma de vivir.

Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura, es una memoria lectora, pero no tan sólo eso, no es una simple enumeración de lecturas, sino que todas esas lecturas se van mencionando a la vez que se relacionan con periodos de la vida del autor desde el primer destello, en el que un niño es castigado por sus profesores a pasar las horas de escuela en el “cruel” encierro de una biblioteca escolar que le abrirá las puertas del mundo: “No sospechaban que me acababan de desterrar a uno de los pocos sitios donde podía ser feliz.”

A partir de ese momento, la vida va pasando por sus diferentes etapas siempre de la mano de algún libro: las ansias de libertad del adolescente que sueña con Huckleberry Finn, los periodos de convalecencia de la mano de Gavroche, las estaciones de trenes lejanas donde un polaco descubre a Jorge Morcillo las maravillas de Laszlo Krasznahorkai muchos años antes de que le diera un nobel que, sin mencionarlo, el autor reclama a gritos durante el libro, tal es el deslumbramiento.

Leer es vivir tiene momentos de una clarividencia literaria abrumadora: “toda gran literatura y toda gran creatividad nace de la necesidad de afrontar nuestras batallas perdidas. En realidad, sólo importa la dignidad del que sabe que todo está perdido y no por ello deja de seguir luchando.”; declaraciones de amor dignas del más pasional de los enamorados: “Cuando la inteligencia y la belleza caminan juntas el universo tiembla y todo cobra sentido.”; Y también momentos para la rebelión: “El mundo laboral es enemigo de los lectores y sólo sirve para mantener a una plutocracia infecta que nos vampiriza los mejores años de nuestra vida.”; o para la crítica más certera y despiadada: “Hay montado todo un entramado empresarial para tomarles el pelo a estos lectores (a quienes consumen Premios Planeta y otras patrañas, se refiere Jorge Morcillo), con escritores que no merecen ningún respeto y que se prestan muy gustosos a estos actos despreciables de hipocresía. Son “los advenedizos”. Los escritores sin ningún tipo de dignidad y calidad. Una chusma que prolifera como las cucarachas e invade los espacios de la cultura.”

La lectura de Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura, es capaz de generar más lectores que cien años de sórdidas aulas. La nómina de autores referidos y pasiones engendradas es inmensa. Emocionante es el fragmento que Jorge Morcillo dedica a otros autores de Niña Loba Editorial en una muestra de respeto, generosidad y justicia hacia quien se bate en duelo con las palabras para componer una buena obra sin más pretensión que el puro amor por la literatura: Yordanka Almaguer, Emilio Picón, Mayte Blasco, Alicia Andrés Ramos, Cecilio Gamaza Hinojo, Gorza Maiztegui Zuazo, Francisco Plata, Paula Aparicio Cejudo, etc, son referidos “por su talento y honestidad creativa”, así como Darío Méndez, director de Niña Loba Editorial, por “caminar a contracorriente de lo que actualmente  se edita en este país.” Dice Jorge Morcillo: “La literatura más arriesgada vive siempre en las editoriales más independientes.”

La cita que mis amigos me concertaron con aquella muchacha, desde que me animó a dejar la lectura para salir a la calle, transcurrió ya sin pena ni gloria por el simple hecho de ser educado. Lo que me apetecía era salir de allí inmediatamente. Hoy en día, después de leer Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura le hubiera dicho lo que su autor afirma:

“A los que solemos leer a diario nos interesa tanto la vida como la literatura y casi consideramos a las dos complementarias y al mismo nivel. Yo he vivido más y mejor porque he leído todo lo que he podido, y he leído todo lo que he podido para vivir más y mejor.”

Deambulario

Enero

Fotografía de Susan Burnstine

(Fotografía de Susan Burnstine)

«Enero tiene algo de drama. Enero es soledad. Un animal hambriento. Un telón a medio bajar mostrándonos sus penas. Para que no lo olvidemos. Para que lo sigamos aplaudiendo con nuestras lágrimas. Regalándonos sus aullidos para alimentar el insomnio. Un cachorro que sueña con la luna. Todo lo malo sucede en enero. Enero con sus nieves, con sus brumas. Dejando caer sus amenazas junto a la niebla, pequeñas jaurías de partículas cenicientas. Una ruina cercada, con su verja. Con sus dedos índices de óxido señalando siempre al cielo, acusándolo, advirtiéndole: aquí no se aceptan milagros. Las malas noticias llegan siempre en enero. Un palacio desaliñado con sus flequillos de cortinas rotas asomando por las ventanas. Como si dentro soplara el viento. Ese susurro de lo inevitable recorriendo sus paredes desconchadas de futuro. Jugando a ser música entre sus facturas de adobe y sus esguinces de bisagras. Treinta y una habitaciones llenas de fantasmas dormidos.»

Este inicio pertenece a Enero, el portentoso libro sobre el duelo que escribió Ángeles Sánchez Portero (adjunto aquí el booktrailer, que no es menos portentoso: https://www.youtube.com/watch?v=1I-X7oUJzTQ )

Hace ya tres días del accidente de los trenes en Adamuz y hasta hoy no he podido escribir nada. Que el accidente se haya producido en una vía por la que he pasado con frecuencia lo lleva hasta el terreno personal. Uno se hace cargo del horror. Siempre que hago ese trayecto, espero a pasar la estación de Córdoba para asomarme a la ventanilla y deleitarme con el verde de los últimos bosques andaluces antes de llegar a La Mancha. Árboles, desfiladeros, ríos… Si es a la vuelta, cuando llego a esa zona ya me siento en casa. Pero el domingo, la desgracia esperaba agazapada a los viajeros de los dos trenes en ese paraje hermoso que, de pronto, se tornó infierno.

Un enero de hace tres años, una hemorragia digestiva estuvo a punto de llevarme por delante. Diecisiete días de hospitalización, cinco bolsas de sangre para reponerme. En enero de 2013 mi madre fue diagnosticada del cáncer que acabó matándola.

Y ahí está el libro de Ángeles Sánchez Portero, como una premonición o una amenaza:

Enero tiene algo de drama

Deambulario

Finlandia, de Marisa Martínez Pérsico

La poesía tiene algo en común con los viajes; uno afronta un viaje, o se enfrenta a la página en blanco, sin saber que en realidad va en busca de sí mismo. Esto lo sabe muy bien Marisa Martínez Pérsico (Argentina, 1978), poeta, traductora, profesora universitaria e investigadora, que, en Finlandia, libro publicado en 2021 por RIL Editores, unifica los dos escenarios: la poesía y los viajes.

Pero Finlandia no es un poemario sobre un lugar externo, sino un viaje a lo desconocido del alma humana, a las habitaciones cerradas del corazón propio, un viaje interior más que exterior. Es por ello que los poemas buscan las raíces del vencido, la herida no cerrada (cuando esa piel se cura / nunca vuelve a sentir), lo débil que nos hace humanos (la vida / se define en su punto de fractura/ y la construimos / en el hueco que se forma), los errores en los que seguir cayendo (el apego a las caídas, / la obstinada / constancia de palpar / el vacío). Esos peces de ojos tristes que seguimos eligiendo en el mercado.

Esa tarde supiste que soy como Finlandia.

Sólo puedo existir

si me imaginas.

Es difícil no imaginar a Marisa Martínez Pérsico después de leer Finlandia. La literatura, ya lo saben, parte de esa experiencia individual que en manos del lector se convierte en colectiva. Transitar las páginas de este poemario es ponernos frente a frente con la vida de uno mismo, con aquella que encerramos y sólo vislumbramos a través de la poesía o los viajes. Finlandia existe porque existimos nosotros y Marisa es esa hada que precisa de la fe del lector para seguir volando.

Decía el poeta José Hierro que “es, cuando más se siente el alma, cuando la llevamos herida.” Y afirma Marisa Martínez Pérsico que “Otra cosa es la muerte. / Que la arena no pueda dibujar / unos pasos que existen.”

Imaginen. Imaginen Finlandia e imaginen a Marisa Martínez Pérsico.

Existe. Se lo aseguro.