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Paisanaje gallego

He aprendido a amar esta tierra como antes ya amaba a su gente. Los gallegos fundaron la cofradía de pescadores de Cádiz a principios del siglo XX y eso fue decisivo para el desarrollo económico de la ciudad que venía de la miseria impuesta como castigo por haber impulsado la primera Constitución Liberal de la historia y haber resistido el asedio francés, circunstancias que Fernando VII no perdonó.

Cuando yo era pequeño mi madre me llevaba a visitar a Maruja. Maruja era gallega, de A Coruña, y fue quien le enseñó a coser, ofició que aprendió y ejerció con maestría a lo largo de toda su vida. El hijo de Maruja era Eugenio, un carpintero de ribera de cuyas manos salían los botes que mis tíos utilizaban para el marisqueo y la pesca. Eugenio portaba en la voz un acento cerrado del que nunca llegó a desprenderse, ni siquiera lo oí hablar castellano alguna vez, y un poblado bigote que le caía por las comisuras de los labios como una enredadera por el marco de la ventana que la vio nacer.

Más tarde conocí a Gaspar y Vicente, dos hombres de la mar que habían dejado Galicia en su adolescencia para llegar a Cádiz en busca de trabajo en caladeros más apacibles que los de los mares del norte y la fosa de Gran Sol. Además de pescador, Gaspar era un gran contador de historias, aún disfruto con ellas cuando de tarde en tarde nos encontramos y la charla nos atrapa entre el cariño. Vicente se fue víctima de un cáncer que ya lo amenazaba cuando nos conocimos. Todavía me emociona el recuerdo del brazo alzado de Vicente cuando su cuerpo resistía los duros embates de la quimioterapia y aun así pedía permiso para contar un chiste.

Siempre he dicho que las ciudades se convierten en personas. No las identificamos con calles y monumentos, sino con las personas que vivimos. Pontevedra, más que la Plaza de las Ferrerías, la Rua da Peregrina o la Plaza de España, son Rita y Pau.

Este es mi paisanaje gallego, una manera de ser de un lugar y de todos los lugares donde alguna vez nos hemos encontrado con personas que en un momento concreto fueron casa.

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Enero

Fotografía de Susan Burnstine

(Fotografía de Susan Burnstine)

«Enero tiene algo de drama. Enero es soledad. Un animal hambriento. Un telón a medio bajar mostrándonos sus penas. Para que no lo olvidemos. Para que lo sigamos aplaudiendo con nuestras lágrimas. Regalándonos sus aullidos para alimentar el insomnio. Un cachorro que sueña con la luna. Todo lo malo sucede en enero. Enero con sus nieves, con sus brumas. Dejando caer sus amenazas junto a la niebla, pequeñas jaurías de partículas cenicientas. Una ruina cercada, con su verja. Con sus dedos índices de óxido señalando siempre al cielo, acusándolo, advirtiéndole: aquí no se aceptan milagros. Las malas noticias llegan siempre en enero. Un palacio desaliñado con sus flequillos de cortinas rotas asomando por las ventanas. Como si dentro soplara el viento. Ese susurro de lo inevitable recorriendo sus paredes desconchadas de futuro. Jugando a ser música entre sus facturas de adobe y sus esguinces de bisagras. Treinta y una habitaciones llenas de fantasmas dormidos.»

Este inicio pertenece a Enero, el portentoso libro sobre el duelo que escribió Ángeles Sánchez Portero (adjunto aquí el booktrailer, que no es menos portentoso: https://www.youtube.com/watch?v=1I-X7oUJzTQ )

Hace ya tres días del accidente de los trenes en Adamuz y hasta hoy no he podido escribir nada. Que el accidente se haya producido en una vía por la que he pasado con frecuencia lo lleva hasta el terreno personal. Uno se hace cargo del horror. Siempre que hago ese trayecto, espero a pasar la estación de Córdoba para asomarme a la ventanilla y deleitarme con el verde de los últimos bosques andaluces antes de llegar a La Mancha. Árboles, desfiladeros, ríos… Si es a la vuelta, cuando llego a esa zona ya me siento en casa. Pero el domingo, la desgracia esperaba agazapada a los viajeros de los dos trenes en ese paraje hermoso que, de pronto, se tornó infierno.

Un enero de hace tres años, una hemorragia digestiva estuvo a punto de llevarme por delante. Diecisiete días de hospitalización, cinco bolsas de sangre para reponerme. En enero de 2013 mi madre fue diagnosticada del cáncer que acabó matándola.

Y ahí está el libro de Ángeles Sánchez Portero, como una premonición o una amenaza:

Enero tiene algo de drama