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Memoria, raíces y otra forma de estar en el mundo, por Alicia Domínguez

En su nueva novela, Tierra fría, Paco Ramos aborda un tema que, aunque ampliamente tratado por la literatura histórica y de ficción, no ha perdido un ápice de vigencia ni de necesidad: el deber de recordar lo ocurrido en nuestro país tras el golpe de julio del 36 contra la República y, en concreto, el bombardeo de La Sauceda y la represión sufrida por quienes buscaron refugio en el cortijo de El Marrufo.

Pero Tierra fría no se limita a recuperar la memoria democrática sino que aborda también la resistencia frente a una trituradora productiva y consumista que nos obliga a sacrificar nuestros deseos e, incluso, el amor que desordena las tripas y pone a bailar el corazón.

Publicada por Huerga y Fierro, Tierra fría reconstruye unos hechos que son imprescindibles de recordar, máxime con los vientos reaccionarios y negacionistas que soplan. Pero no se limita a eso sino que nos ofrece una historia en el presente que enlaza, como el propio autor señala, los bombardeos y la represión franquista con otros episodios pertenecientes al territorio de la ficción.

En esa acertada combinación de literatura y realidad histórica radica uno de sus principales valores: tejer una ficción contemporánea con los hilos de hechos ocurridos tiempo atrás y conseguir que estos no aparezcan como recuerdos del pasado sino como heridas que continúan supurando en las generaciones posteriores.

La narración se articula en torno a dos lugares y dos tiempos. El pasado se desarrolla en La Sauceda, enclavada entre las provincias de Málaga y Cádiz, y nos acerca a la historia de Pedro y de Pepa, dolorosamente truncada por el golpe de estado y la represión franquista. El presente se sitúa en Genalguacil, el lugar al que Aurora Heryan regresa en busca de sus raíces y de las respuestas que el silencio familiar le ha negado durante décadas. Allí se cruza con Julio Funes, un hombre muy distinto a ella, pero también marcado por sus propias pérdidas.

Las mujeres, la columna vertebral

A mi juicio, la columna vertebral de Tierra fría la constituye las mujeres: las depositarias de la memoria, las transmisoras de los recuerdos, las que gestaron en sus vientres el dolor a la espera de poder parirlo algún día cuando, por fin, se pudiera hablar de lo horror.

El itinerario comienza con Pepa, viuda de Pedro y abuela de Aurora, a quien Paco Ramos convierte en símbolo de todas aquellas víctimas sin llanto que el franquismo dejó a la intemperie. Una mujer que, después de perder aquello que había constituido su vida y su felicidad, es capaz de rehacerse, aprender, enseñar, transmitir y recordar.

La cadena continúa con la madre de Aurora, curiosamente el único personaje que no tiene nombre. Hija de un republicano fusilado, se ve obligada a emigrar a Alemania para escapar del estigma de roja y buscar otra vida posible lejos de la tierra familiar.

Y culmina en Aurora, berlinesa de nacimiento e hija de emigrantes, que vuelve a España para reconstruir su origen y comprender la herencia recibida. Pepa vive el horror; su hija hereda el estigma y el exilio y Aurora recibe el silencio y regresa para romperlo.

Pero no solo las mujeres recuerdan. También lo hace el viejo Fileas, testigo directo del horror vivido en La Sauceda, cuyo bombardeo, a diferencia del de Gernika, no ha ocupado un lugar destacado en la memoria colectiva. Fileas encarna la memoria oral, la voz de quienes estuvieron allí y conservaron en su memoria lo sucedido cuando todavía no había archivos abiertos, reconocimientos públicos ni voluntad institucional de escuchar.

Una forma de reparación simbólica

La reflexión que surge de la dicotomía que plantea el autor entre la vida rural, tranquila y sin alardes, y la urbana, consumista, productiva y extenuante, constituye otro de los puntos fuertes de la novela. Porque Ramos siempre ha estado preocupado por mostrar la necesidad de regresar a un mundo más humano y sostenible, su poemario Los muertos de Bilderberg (Huerga y Fierro Editores, 2022) es prueba de ello.

De este modo, el encuentro entre Aurora y Julio representa una doble posibilidad: la de regresar a la persona amada y la de recuperar una forma más humana de estar en el mundo, una forma que Julio, profesional de éxito, pieza imprescindible del engranaje capitalista y hombre insatisfecho con su existencia, ha olvidado.  Y es precisamente el hallazgo del amor el que da pie a mostrar las heridas que ambos han arrastrado hasta reconocerse el uno en el otro.

Aurora necesita comprender de dónde viene; Julio, reconocer aquello a lo que renunció.

La condición de poeta de Paco Ramos se hace presente a lo largo de toda la narración. Con una prosa sencilla, fluida y profundamente poética, describe hechos, personas, afectos y espacios sin que la belleza del lenguaje atenúe la crudeza de lo contado. La alternancia entre pasado y presente, las descripciones del paisaje y la atención a los pequeños detalles permiten que la Historia en mayúsculas se encarne en las historias en minúsculas, en las vidas concretas. Especialmente lograda resulta la manera en que La Sauceda deja de ser un mero escenario para convertirse en un territorio emocional: un lugar hermoso sobre el que un día se impuso el horror y que el autor recupera como forma de reparación simbólica.

Tierra fría es, en definitiva, una novela sobre la lucha entre recordar y olvidar; entre recuperar las raíces y no dejarse atrapar por ellas; entre aceptar ser un engranaje de la maquinaria productiva o tener el valor de abandonarlo todo para buscar otro destino, el propio, y reencontrar la esencia que un día se perdió. Porque un bombardeo puede destruir un pueblo; la represión, ahogar las voces de sus habitantes; el silencio, ocultar la verdad, y la sociedad capitalista, triturar sueños y personas, pero nunca podrá acallar los gritos de la memoria y el ansia de recuperar lo auténtico.

Paco Ramos devuelve a La Sauceda y a quienes la habitaron el lugar del que nunca debieron ser expulsados: nuestra historia colectiva. Y a las personas lectoras, la esperanza de que otro mundo es posible.

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