Cuando la ciudad de Ronda fue conquistada por los Reyes Católicos en 1485, los pobladores expulsados se refugiaron en un bosque cercano de laderas escarpadas y profundos valles. Lo bautizaron con el término “Sauce”, que en su lengua original se traducía por “lugar sagrado e inexpugnable”. Es así como comienza a nacer la población de La Sauceda.
La Sauceda es un valle esculpido por el río Hozgarganta en los límites de las provincias de Cádiz y Málaga. Densas laderas de alcornocales y montañas de roca caliza moldean su paisaje, un paisaje por el que en algún momento apareció don Miguel de Cervantes, pues en su Coloquio de los perros, de 1613, la población de La Sauceda ya aparece como tal.
Su estructura no cumplía con los patrones del pueblo andaluz, era, más bien, un diseminado de doce aldeas comunicadas y relacionadas entre ellas que pertenecían al término municipal de Cortes de la Frontera, en cuyo padrón municipal de 1924 se agrupan bajo el nombre de La Sauceda y se las data con una población de 1395 habitantes.
Esta estructura no impedía que se desarrollara la actividad normal de cualquier pueblo. En La Sauceda, además de una ermita que servía como centro social y de celebraciones, había dos escuelas, un molino, tres zapaterías, varias tiendas, dos hornos, carnicerías, herrerías… Es decir, mantenían un modo de vida independiente alrededor de todo el tejido que ellos mismos generaban, al que se sumaba la principal actividad económica de la zona: el corcho.
Emilio Valenzuela, en su estudio El pueblo que un día existió, cuenta que en La Sauceda primaba la idea de que los bienes se podían repartir. “El molino, el horno y una parte del ganado y de la siembra eran comunitarios y sus beneficios servían para el sustento de todas las familias”. Concluye afirmando que “La Sauceda era el diamante en bruto, la cúspide de lo que quería llegar a ser la Segunda República en cuanto a organización y convivencia”. Y todo ello dentro de un paraje idílico.
Pero toda esa calma y ese bienestar se truncaron el 31 de octubre de 1936, cuando cuatro aviones Breguet, pertenecientes al ejército sublevado, sobrevolaron sus cielos bombardeando el poblado. Fue el primer bombardeo sobre población civil que se produjo tras el golpe de estado.
Las tropas del ejército franquista habían entrado por el estrecho unos meses antes y en poco tiempo se habían hecho con el control del Campo de Gibraltar. Los habitantes de sus pueblos fueron huyendo y refugiándose hacia el interior, llegando muchos a La Sauceda. Parecía cuestión de tiempo que los golpistas llegasen hasta allí. Pero el ataque no acabó con el bombardeo, porque al día siguiente cuatro columnas militares, compuestas por entre 2000 y 3000 hombres, según el historiador Fernando Sïgler, llegadas desde diferentes, puntos atacaron la zona por tierra arrasando lo que no habían arrasado las bombas. El objetivo era rodear La Sauceda desde los cuatro puntos cardinales para que no pudiera escapar nadie. Fue así como quemaron las chozas que habían sobrevivido al bombardeo y asesinaron, torturaron, violaron y robaron todo lo que se les puso por delante. Fueron dos días de asesinatos y atrocidades ante los que los habitantes de La Sauceda apenas pudieron defenderse. No eran guerrilleros ni eran personas instruidas para ninguna batalla. No fue una batalla. No fue una guerra. Fue un exterminio.
Así desapareció la población de La Sauceda y comenzó su olvido, un lugar por el que cada fin de semana transitan cientos de senderistas sin saber el horror que allí vivieron los que moraban sus bosques hace ahora 90 años.
Y este es el lugar, el paisaje y el contexto histórico en el que nace Tierra fría. También es el propósito, rescatar del silencio y del olvido este suceso y que se le reconozca la relevancia que se merece.



