Paco Ramos publica Memento vivere (Huerga y Fierro. Colección Gnarus. 2024), una poética novela sobre el destino heroico de los seres insignificantes.
Quizás no sea verdad que la muerte iguale a todos, quizás la muerte les reserva sólo a algunos la notoriedad que el paso al otro mundo puede conllevar y esquiva, sin embargo, conceder esa oportunidad a muchos seres humanos de vida anodina, que ni siquiera de la mano de la Parca logran transcender en el Tiempo. Dejando esta idea suspendida en el pensamiento del lector comienza Memento vivere, la primera novela del hasta ahora poeta Paco Ramos quien, pese al narrar, no deja aparte la poderosa evocación del verso.
Porque constantemente evocador y siempre poético es este relato sobre un hombre llamado Pedro Abad (o sobre uno de los muchos hombres llamados Pedro Abad) que, sin resignarse a cumplir con el destino anónimo impuesto por su onomástica, lo desafía en un combate cuerpo a cuerpo con la muerte. Un hombre llamado como el copista del Cantar de Mío Cid, aquel Per Abbat que, pese haber rubricado los versos heroicos del mercenario Díaz de Vivar (“Quien escriuio este libro del Dios parayso, amen! / Per Abbat le escriuio en el mes de mayo, / En era de mill. C.C xL.v. años”), no consiguió convencer a la historiografía literaria de que él fuera su creador. Un hombre que podría llamarse igual Juan Nadie, o mejor Juan sin miedo, en cuanto que emprende un viaje iniciático no para transformarse, sino para garantizarse un sitio en la memoria de los otros.
Memento vivere es, en tal sentido, una road movie invertida, curiosa y magistralmente puesta del revés, pues no tiene como punto de partida el deseo de vivir de otro modo, sino el de morir de otro modo a como se ha vivido, y no tiene como trayecto el acto volitivo y quijotesco de enfrentarse a los molinos de viento o al ejército de ovejas, sino el de resignarse al puro azar, a la casualidad, a la mala suerte de no tener la suerte de cumplir con la propia voluntad.
Pedro Abad nos representa muy bien a todos como los no-héroes que somos. Como él –y a través de él, de su aventura-, podemos comprobar que ni siquiera somos anti-héroes, pues también para éstos la literatura reservó una capacidad de decisión que a nosotros nos han negado estos tiempos de barbarie cultural, de fascismos cotidianos y de identidades quebradas. Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache, Teresa de Manzanares, tantos otros y otras, tuvieron la fortuna de elegir, de marcarse la llegada a un buen puerto (fuera éste cínico o carcelario). Pero Abad es el hombre que camina teniendo como meta la muerte, el que vaga y observa y se siente sobrepasado por las falsas promesas de neón y las estafadoras propuestas de dos felicidades por el precio de una (me resulta inevitable identificarlo, a ratos, con el protagonista de Un andar solitario entre la gente, de Muñoz Molina), el que vive exclusivamente en un tic-tac hiriente y poderoso que lo condena incluso a no morir cuando así lo ha decidido.
Pedro Abad y su andar solitario parecen emerger de Los muertos de Bilderberg, el anterior libro de Paco Ramos, un poema inmenso acerca del caos y del amor. Dominados ambos –el poemario y la novela– por la lucidez del sujeto que comprueba la imposibilidad de ser libre, ambos también hacen una propuesta temeraria y rotunda, la de la escritura. Podrá la vida ser desordenada, confusa, impía y desalmada, pero siempre habrá un escribidor anónimo, un copista, un recreador, un amanuense, un escritor desconocido, que la pase al papel y la convierta en algo que merece la pena vivir. Memento vivere.

