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Jesús Cárdenas escribe en Todoliteratura sobre Breves apuntes sobre el arte de mantener el equilibrio

El amor es una cuestión de equilibrio: cuando se está enamorado se está más cerca del cielo; y con el peso del desamor, en el suelo o hundido. Entre el ascenso al abismo. Ya lo veía en ese viaje vertical el chileno Vicente Huidobro en el poema “El célebre Océano”: “Yo veo desde aquí las esfinges en equilibrio sobre el alambre”.

Una dialéctica entre la luz y la oscuridad. En permanente equilibrio se hayan sometido también las palabras en la poesía, a veces incluso a una tensión extrema, a un modo deslumbrante de no participar en el anonadamiento de cierta poesía joven. Así, el segundo libro de poemas de Paco Ramos, «Breves apuntes sobre el arte de mantener el equilibrio» (Huerga y Fierro) se presenta como un destello que ensalza la vida gracias a la búsqueda y hallazgo del ser y de la palabra; un inventario para (no) caer.

Si en su primera entrega lírica, El aprendizaje del miedo (Takara Editorial, 2016) los poemas eran anclas para amarrarse al mundo, en esta segunda, los poemas constituyen finos cordeles por donde caminar.

El libro se articula en tres partes, “La caída”, “Desde la red”, “El ascenso” más un “Epílogo”, divididas cada una en preámbulo y capítulos. El hecho de escribirlo en partes con capítulos le otorga forma de relato. A lo que cabe añadir que algunos poemas tienen disposición o apariencia narrativa, incluso toma citas de novelistas como Milan Kundera (en el Capítulo 8 de la tercera parte). Se presenta la cronología del discurso amoroso del desamor al amor con saltos temporales referidos al deseo. Sin embargo, las imágenes, el empleo del lenguaje hacen del verso libre de Breves apuntes sobre el arte de mantener el equilibrio una emoción y asombro que no decaen en la lectura poema tras poema.

El impulso del amor provoca que el poeta isleño ofrezca diferentes versiones del amor. Como ya manifestara el profesor de neurobiología alemán, Gerald Hüther en su libro La evolución del amor, el amor es una perspectiva de supervivencia. En nuestro autor: el acto de amar contiene un desprendimiento (“sobrevivir mudando la piel en cada despedida”) porque es sabedor de que es finito, como la propia vida, nacemos sabiendo que vamos a morir (“Vivir el amor / sabiendo que ha de acabarse”). Acaso sean altibajos mostrados en el pliegue del mar: “Todo amor es tempestuoso en sus extremos. / La pasión devora sus principios, / asalta la quietud, / acelera el movimiento de las olas”. Mantener el equilibrio es tan importante en el salto al cable, como en la finalización, por eso en la despedida: “Porque mañana, a esta hora, / la vida habrá seguido su curso / y soplará el levante llevándose lejos / los últimos trazos de tu ausencia”. En la tercera parte, como largo homenaje del poeta isleño al mar, y especialmente a la marea, y guiño al poemario Mi nombre de agua de la poeta Marina Casado:

También el amor,

como las olas,

tiene

mil

maneras

de

romperse,

vuelve a emplear, antes de entrar en la tercera parte, un tono desolador a propósito de la fugacidad del amor, acaso el establecimiento de la analogía desamor y muerte quede perfectamente manifiesto: “El hombre sabe que los corazones paridos por el mar / boquean su vida a duras penas / como delfines varados en arena”. El agua modifica la sustancia del sujeto, en su resistencia al desamor: “Soy el hombre de barro / que no teme a la lluvia”.

Frente al joven poeta que no busca las huellas en la tradición Ramos reivindica la recuperación de la tradición clásica. En uno de los poemas de la primera parte, “Capítulo 6”, revisa el final de la célebre aventura de Homero, donde la mujer ya no le espera, sino que “ha lanzado su cuerpo / a las aguad de la Estigia”, mostrando, tal vez, el signo de la derrota: “Homero no quiso un final así para su héroe”, concluye. Por otra parte, recuérdese cómo en La Eneida Virgilio se enfrenta a la dialéctica: entre Dido y Eneas se produce la tensión entre el amor y el desamor. El tono se irá recrudeciendo mediante el empleo de referencias mitológicas (“El amor es cicuta que se bebe a sorbos”). En la tercera parte, se describe “y yo un Ulises que navegaba / hacia su propia destrucción”. En el Capítulo 3 de la tercera parte enhebra la historia a la mitología con distintas referencias a Adán y Eva, las ruinas de Palmira… Y para el penúltimo poema, uno de los más líricos del conjunto, recupera el tono optimista en los dos últimos versos: “Éfira verá algún día / a Sísifo volviendo a casa”.

Necesariamente el sujeto desea agarrarse a la vida, al amor, al deseo aun a riesgo de su voracidad, del vértigo que produce en las alturas. El escenario que mejor recrea el asombro del deseo es juvenil, un fuego tan inocente que no hay miedo a probar, a equivocarse, (“En el sexo somos niños / que miran la vida con asombro”). En el segundo poema de la segunda parte el sujeto defiende la oralidad en el sexo de un modo sutil, justificando nuestra procedencia (“Nacemos de una boca / porque no somos más que palabras, / el lenguaje de dos cuerpos que terminan en orgasmo”). Pero con los años (“A este verano ya no le quedan más días”) la corriente del deseo se termina secando (“Niños que ahora son adultos, / que perdieron su capacidad de asombro”). Con todo, en un tono optimista, Ramos se agarra al amor, entre sones darianos y cántico sanjuanesco (“El amor es un canto de esperanza, / un algo que un día se siente inesperado”).

Aunque la analogía del amor más empleada y la que otorga cohesión al libro es la referencia a Philippe Petit, el funambulista francés que alcanzó la fama por cruzar sobre un cable de acero entre las Torres de Nueva York. El poeta enamorado se identifica con él: “Como Petit, / yo también crucé / el cielo de Manhattan, / de torre a torre, / sobre un cable / […] Pero en la torre opuesta / tú no me esperabas: // sólo pretendías / cortar el cable”. Pero la fragilidad aparece mejor desarrollada en el primer poema de la segunda parte, titulada “Desde la red”. Allí puede leerse “Sobre el alambre, / la paciencia infinita del hombre / que sabe está muerto”. Al concluir que el verdadero peligro no está en las alturas: “El equilibrista no teme a las alturas, / sabe que el peligro acecha sobre el suelo”.

El poeta es consciente de que su materia es “el amor” y que el poema es “carne de palabra”, dañada, aunque tenaz “en la descompuesta piel de un árbol muerto”. Por fortuna, tenemos este manual necesario de acercarse a este “enfrentarse a la tentación de poner un paso en el vacío”.

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Rafael Duarte escribe en el Diario de Cádiz sobre El aprendizaje del miedo

Aprender desde el miedo

https://www.diariodecadiz.es/opinion/articulos/Aprender-miedo_0_1062794035.html

LA poesía no es una de las bellas artes. La poesía es el arte excelso pues no hay más que palabras, conocimiento, ritmo, intuiciones, inteligencia, lucidez y… más palabras, que sueltas, construyen el diccionario y unidas por un poeta crean la sensación única del poema.

La poesía rítmica cuando ripia es esa definición de Lope del soneto, pero no olvidemos que Lope fue el poeta más poeta de los siglos de Oro. ¿Por qué digo esto? Porque en mi mesa, calentito, tengo un libro de poemas: El aprendizaje del miedo, de Paco Ramos Torrejón, editorial Lápices de Luna. La poesía anda últimamente muy devaluada, muy de letra de canción denuncia o de rima de rap, y los autores son gente vanidosa y procaz.

l sortilegio que es el aforismo, esa especie de greguería, que suelta, eleva la metáfora más allá del adagio hasta convertirse en sentencia. La mayoría de los poetas actuales, después de asesinar la más pura poesía, han dado en aforismarse y proverbiorizarse, ya que si lo que pide el pueblo es justo, escribir necio para darle gusto.

Cobra valor entonces El aprendizaje del miedo, porque es un libro unitario. Es decir, el tema dominante, el dolor, la muerte, es la temática de un libro que con la sublimación por la belleza, lo hace legible y ameno cuando el cáncer, el innombrable, ése que lleva uno consigo unido al cuerpo como una granada de mano, terminará matando en el dolor. Lo escribe Paco sin volver la cara en el poema «un cangrejo gotas de napalm», un cangrejo es cáncer en el zodiaco/…pinza, devora las entrañas/ mientras el cuerpo no hace nada por defenderse/…Una clepsidra bombeando napalm -la quimio- y el dolor definido como: Abril sin sangre es un enero en el que no crecen flores.

Pero hace adagios, para escapar del látigo interno donde el alma intenta sus conatos de armaduras. Acaso la muerte es la gran madre/ nadie le conoce huérfanos. Genial. La huida del dolor también será una metáfora surrealista: apostar las cicatrices por el Alzheimer, para no recordar nombres/olores ni saliva. Busca el Lete y la Estigia. La muerte al fin y al cabo tiene patas de esponja y corazón de avaro, por eso el dolor tiene lujurias esclavizadas, árboles cadavéricos, sintagmas ya sin lunas.

El pensamiento puro del naufragio. El cuerpo en su hundimiento rodeado de seres que no pueden salvarlo. El oleaje arrugado de las sábanas… la disolución del ser, el momento en que el yo esencial nada en el miedo hacia la nada o hacia la fe. Cuando aceptas o tienes que aceptar que dormirás bajo tierra con el no yo, ya embrionario de la eternidad.

Los labios desbesados/ la piel desabrazada/ y el sexo varado/ como en una playa desierta/.

Libro de poemas de un poeta. Poeta universal que huye del localismo y sus secuelas. Que tuvo que someterse al apotegma de Cortázar: Los poetas aprenden sufriendo lo que exaltarán cantando.

Y salió triunfante. De la agonía de la huida. De su reconstrucción por la palabra.

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Entrevista en Secretolivo a Paco Ramos sobre El aprendizaje del miedo

“Hay mucho que aprender del miedo”

El poeta gaditano Paco Ramos Torrejón publica en Lápices de luna ‘El aprendizaje del miedo’, un manual emocional para ‘con-morir’ y vivir

El poeta y activista cultural gaditano Paco Ramos ha aprendido del miedo, lo ha destilado a través de su experiencia personal con el dolor para ofrecer un poemario editado por el sello independiente Lápices de luna. Nadie sale vivo de vivir, de ahí la obligación de conmorir, idéntica a la de sobrevivir. Es el primer poemario de este autor versado, valga el recurso, en el relato breve, la narrativa y los talleres literarios. Su hábitat natural es el de San Fernando de Cádiz, y alrededores, que llegan incluso hasta Madrid, a las jam session del Café Gádir. ‘El aprendizaje del miedo’, verso acotado del también gaditano Felipe Benítez Reyes, es un emocionario vitalista sobre la fugacidad y dualidad de la vida y la muerte, del placer y del dolor. Y todo ello desde las cosas pequeñas. Poesía y vida se unen en estos versos libres, como el autor, que tiene a Panero como bandera libertaria de su creación. La poesía como herramienta y modo para vencer el miedo, en algunos casos no a la muerte sino a la existencia. Al final siempre se vence con el amor. Y todo ello con las ilustraciones de María Kings, y una portada con el temible cangrejo, símbolo del cáncer, que da título a uno de los poemas.

-¿En qué consiste ‘El aprendizaje del miedo’?

-Básicamente, El aprendizaje del miedo es un poemario sobre el amor, a  pesar de que sean poemas que hablan sobre el doloroso proceso de la enfermedad y la muerte. Los poemas están en riguroso orden, de modo que juntos cuenten una historia, que se vaya viendo el progreso del proceso de dolor hasta el momento final. Pero sobre todo es un canto de acompañamiento, de lucha y pervivencia de las personas importantes de nuestra vida que se ven sometidas a una enfermedad implacable y cruel, desde el punto de vista de nosotros mismos como seres dolientes que intentan rebelarse contra las leyes de la naturaleza. En esos momentos cuando el amor surge en su más espléndida plenitud, cuando la vida se vuelve toda entrega. Por eso, este no es un poemario sobre la enfermedad y ni siquiera sobre la muerte, sino el mayor acto de amor que jamás podré ofrecer.

“La poesía puede ser una forma de enfrentar el dolor, de plantarlo cara a cara ante uno mismo y aprender a convivir con él”

 -¿Por qué la poesía y qué puede aportar para vencer los miedos?

-El poema es la expresión más intensa del sentimiento, así como el mayor acto literario de verdad. En la narrativa se tiende más a la ficción, a enmascarar la realidad y ocultar el autobiografismo. No creo que eso sea posible en la poesía. Este libro nace de un sentimiento profundo, la pérdida de una madre quizás sea uno de los momentos más crueles en la vida de un ser humano. Y por eso la poesía, como canalizador de ese dolor tan profundo. El miedo es un sentimiento natural e inherente al ser humano y la literatura sirve si nos ayuda a entender e interpretar nuestra propia vida. Tengo una perspectiva intensamente humanista de la literatura, más que la expresión de la belleza la literatura es eso, algo que nos salva la vida y de la vida. Los miedos no se vencen, pero es necesario aprender a convivir con ellos, descubrir su parte positiva, esa parte que te enseña que serías capaz de dar tu vida por miedo a perder la de tus hijos. Nadie sabe de lo que somos realmente capaces hasta que un miedo tan intenso nos toca y entonces nos sorprendemos a nosotros mismos. Hay mucho que aprender del miedo.

-¿Cómo definiría su poesía, qué le interesa de la poesía?

-Mi poesía es una forma de estar en el mundo, es una transfiguración de mi yo personal en materia literaria. Creo que por eso soy un firme defensor del verso libre como tal, porque yo mismo me considero libre e independiente. Creo que puede reconocérseme no sólo en lo que escribo, sino en cómo lo escribo. De la poesía me interesan sus conexiones con la vida, el poema que te hace temblar, la conjunción entre sentimiento y técnica. Me interesa el proceso creativo que sigue un poeta desde que le llega una idea a la cabeza hasta que la reproduce sobre el papel; soy un individuo tremendamente curioso en eso, siempre quiero saber de dónde surge, cómo, por eso soy también muy riguroso en mi propio proceso y trabajo mucho en él, busco conexiones, acudo a los clásicos a leer lo que otros hicieron buscando mi propia forma personal. Me interesan los universos creativos de cada poeta. En eso admiro a Panero, en que es dueño de un universo inabarcable, sin fronteras.

-¿Qué presencia y papel juega lo cotidiano en el poemario?

-Lo cotidiano lo es todo. El día a día, la propia vida del poeta es su caldo de cultivo. La literatura se nutre de la propia vida, es algo indivisible. Lo literario no tiene porqué partir de lo que entendemos por extraordinario porque precisamente lo extraordinario es el vivir. La maravilla se obra cuando uno se sorprende de las pequeñas cosas, del silencio de un bosque, de la ropa tendida, de las conversaciones de las vecinas. Y de ese día a día, en una circunstancia muy especial, es de donde surge este poemario.

“De la poesía me interesan sus conexiones con la vida, el poema que te hace temblar, la conjunción entre sentimiento y técnica”

-¿Cómo se consigue ser vitalista en un poemario sobre el dolor, la pérdida y el miedo?

-Porque precisamente el dolor, la muerte y el miedo forman parte de la vida. Sería de necios pensar en una existencia únicamente llena de goce y alegría. El dolor, la muerte o el miedo son parte de las reglas de este juego que es el vivir y que consiste en aceptarlas para poder existir de una forma más plena y más intensa. El hecho de estar vivo es algo tan maravilloso, y a la vez tan frágil, que siempre exige algo a cambio. Se trata de aceptar, de convivir y de conmorir, porque precisamente la vida encuentra su sentido en su finitud. Si esta existencia fuese eterna llegaría un momento en que sería anodina.

– ¿Es la emoción el fin último de este poemario o también una herramienta para la vida?

-Más que la emoción es lo que decía antes. Este poemario parte de una experiencia individual que no es ajena a nadie y que por tanto puede convertirse en colectiva. Creo que puede ser una forma de enfrentar el dolor, de plantarlo cara a cara ante uno mismo y aprender a convivir con él, porque cuando el dolor no se enfrenta jamás deja de sangrar.

-¿Quiénes su son sus referentes?

-Principalmente, uno de mis grandes referentes es Carlos Marzal, aunque también muchos de los llamados poetas de la experiencia, como Felipe Benítez Reyes, de uno de cuyos versos surge el título de este poemario. Pero también Pepe Hierro, Claudio Rodríguez, Félix Grande, Gil de Biedma y Cernuda, Lorca o Salinas en el 27. Aunque en este poemario ha tenido una influencia muy especial Jaime Sabines.

– ¿Hasta qué punto está presente la experiencia personal en este poemario?

-Tanto que sin ella no habría podido escribirlo.

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Gema Estudillo escribe sobre El aprendizaje del miedo

Gema Estudillo escribe en Culturamas sobre El aprendizaje del miedo

Son muchas las maneras que tiene el ser humano de canalizar el miedo y una de las más sublimes, quizás sea, la de sumergirse en él y explorarlo a través de la poesía. Porque la poesía, ya sea desde la lectura o la escritura, cura y ejerce un poder terapéutico en el espíritu atormentado. El aprendizaje del miedo de Paco Ramos Torrejón ( Cádiz, 1981 ), publicado en la jovencísima y prometedora editorial Lápices de Luna con ilustraciones de María Kings y prologado por Guillermina Royo-Villanova, es el primer poemario del autor y supone un admirable ejercicio de catarsis personal. A través de él, Ramos explora la experiencia vital que supone enfrentarse a la enfermedad de un ser querido, a la soledad, a los vacíos que deja una persona amada, a caminar sin su presencia cotidiana. ( “Qué vas a decir cuando sepas/  que tengo el corazón lleno/ de lo que queda de una ausencia” ).

El libro se abre con un reproche a los poetas que desvinculan la poesía de la realidad (“Jugad a que la vida, no es en realidad vida”) y continúa su bajada personal a los infiernos a través de la palabra con una clara intención de vivir desde ella su sufrimiento ( “Sólo los poetas exorcizan las ausencias” ). Es por tanto este poemario, una entrega consciente al sufrimiento, un intento de salvación desesperada que el poeta afronta con nobleza y sin resignación ( “Lo ortodoxo es aprender / a convivir / con la desgracia” ). Nos adentramos poco a poco en el desmoronamiento del ser querido a través de la enfermedad ( La botella que sostiene sus latidos, la habitación de cinco metros cuadrados, el veneno goteante, la quimioterapia comparada con los efectos daniños de Napalm). Justo en la mitad del libro, el poema Derrotados marca un punto de inflexión en la actitud del poeta que claudica ante el miedo y se entrega ( “Vencidos los aurigas/ que embridaban los caballos de la guerra” ). Es el momento de la salvación, el retorno del infierno, la conciencia de la ausencia y la aceptación de la despedida ( “Lo difícil es estar sin ti/ en esta ausencia que llena la casa ). El desorden de la casa que ya no habita quien la cuidaba, el café de la mañana aún por servir, la nostalgia de los guisos y los geranios abandonados, en definitiva, la ausencia no se vive desde la desolación, sino desde el aprecio y la gratitud. En la última parte del libro, el poeta conseguirá redimirse y aceptar que la muerte forma parte de la vida, como la noche engendra el día y con él una nueva esperanza. “ Que no se llore mi pena” ha de gritar. Ha aprendido que “ El vicio insano de vivir/ disimula las heridas”.

Es pues el libro, un magnífico canto de aceptación de la muerte que entronca directamente con la mejor literatura española medieval como en Carpe Diem ( “Somos siervos de la Parca…Ella es quien decide cuando se corta la cuerda” ) o con la voz clara, limpia y consciente de Jaime Sabines ( “Ayer te despedimos en la playa…tu cuerpo,/ podrido de cangrejos,/ ahora es alimento de peces” ). El tono reconciliador con la muerte junto con el uso bien dosificado de bellas imágenes ( “Está mirando la vida en la ventana”, “ Nos alcanza la noche sin saberlo” , “ y a tu cuerpo/ se lo llevó el levante mar adentro” ) son quizás sus mejores aciertos y dan buena cuenta de que, a pesar de ser un poeta novel, conoce bien la técnica y nada es fruto del azar, sino de un arduo trabajo de introspección en lo personal y en lo literario.

Definitivamente a través de la palabra, Ramos, y con él sus lectores, aprendemos que “El deseo de volar viaja a contravida”.

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Marina Casado escribe sobre El aprendizaje del miedo

Marina Casado escribe sobre El aprendizaje del miedo

«El aprendizaje del miedo», de Paco Ramos Torrejón: una radiografía del desgarro

Cuenta Rafael Alberti en sus memorias que escribió su primer poema a los diecisiete años, a raíz de la muerte de su padre, cuando la emoción aún le desgarraba el pecho y brotaron aquellos versos que muchos años después todavía recordaría: “¡Tu cuerpo!, / largo y abultado como las estatuas del Renacimiento…”. La muerte de un ser querido, en la historia de la literatura, se ha asociado a algunas de las más grandes obras, por constituir un fenómeno aterrador en la vida de una persona: un torbellino que devasta el alma, que pone del revés el mundo conocido hasta el momento y deja todas las emociones a flor de piel, derramándose por las pupilas y cambiando la mirada de aquel que ha de asumir plenamente las dos palabras más temidas: nunca más.

Desde las famosas Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, allá por el siglo XV, hemos tenido ejemplos magistrales a lo largo de la Historia. Todos recordaremos la emocionante apelación de Miguel Hernández –“compañero del alma, compañero”– a su amigo fallecido en su fabulosa “Elegía a Ramón Sijé”. También la que, según críticos de la talla de Caballero Bonald –con el que, en este caso, coincido- se erige como la mejor obra poética de Federico García Lorca: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Menos conocido es el inquietante poema surrealista de Alberti “Ese caballo ardiendo por las arboledas perdidas” que el autor concibió como una elegía a su gran amigo, el poeta Fernando Villalón.

Los ejemplos resultarían innumerables. El poeta siente la muerte a su lado y debe hacer poesía de su dolor para doblegarla. De esta forma trágica y loable ha nacido también el nuevo poemario de mi buen amigo Paco Ramos Torrejón (Cádiz, 1981), al que conocí en uno de los encuentros literarios organizados por el también escritor Leo Zelada, en el ya mítico Café Comercial, y posteriormente en los recitales del café Gadir, constituidos por él. Ahora compartimos proyectos, como la revista de creación literaria Impares y Exactos, dirigida por la escritora María Agra-Fagúndez y en cuyo equipo de redacción también figura el nombre de otra gran poeta joven, Rebeca Garrido.

cangreho
Portada del libro

El aprendizaje del miedo es el primer poemario de Paco, que publicó a finales del año pasado en la joven editorial Lápices de Luna. Su éxito ha sido tan arrollador que la primera edición se agotó en unos pocos meses y, a día de hoy, ya va por la segunda. Leyendo la obra, una se explica el motivo. Paco, como otros grandes poetas de la Historia, ha experimentado la muerte de un ser muy querido –su madre- y ha canalizado su dolor a través de la poesía. Pero lo que hace su obra desgarradoramente especial es su aguda forma de describir todo el proceso –la fase terminal de la enfermedad, el momento de la muerte, la incredulidad y el desconcierto que preceden a ese momento, la lenta asunción y, finalmente, la metamorfosis del dolor en nostalgia- desde la mirada de la persona que debe enfrentarse a la pérdida del ser amado. Una concatenación de emociones con las que el lector puede sentirse identificado.

El título de la obra está inspirado en un verso de Felipe Benítez Reyes: “El miedo no requiere aprendizaje”, que Paco trajo a su memoria de manera inconsciente –algo que nos ocurre a menudo a quienes escribimos poesía- y sólo más tarde descubrió que pertenecía a su admirado poeta. Paco aprende lenta, dolorosamente, el más terrible de los miedos: el miedo a la muerte. “La muerte es tan precisa / que no requiere de metáforas”, afirmará el autor; pero para la enfermedad del cáncer sí utiliza una: la del cangrejo que va devorando progresivamente las entrañas y la vida: el cangrejo que aparece ya en la propia portada de la obra, dibujado por la mano maestra de María Kings, a cuya autoría se deben las magníficas ilustraciones que acompañan a los poemas del libro. El poemario aparece precedido por el lúcido prólogo de la escritora Guillermina Royo-Villanova.

En el poema que se constituye como introducción, el autor se dirige a “los poetas del dolor” para advertirles de que lo que sigue no es un dolor más, sino el verdadero: “Pero puede que un día / una bala certera os tumbe / y entonces / sepáis que hasta ahora / todo fue un juego de niños”. Y así da paso a los poemas más desasosegantes: la agonía del momento final en “Continuidad en la ventana”, la fragilidad humana frente a la muerte en “Carpe Diem”, donde el poeta describe nuestra vulnerabilidad como “Marionetas con demasiado miedo a la libertad /amarradas a las manos de un titiritero”. Un titiritero fatal y escalofriante: la Parca, que se desborda al fin en el poema “Derrotados”, donde Paco Ramos inicia sus referencias a la literatura griega clásica –que resultarán constantes a lo largo de la obra- con la laguna Estigia y el funesto barquero Caronte, que transportaba a los muertos al más allá.

El impacto, la imposibilidad de asumir el presente, el desgarro que precede inmediatamente a la muerte de la madre, quedan plasmados en “El arte de los ahorcados”, donde la separación se materializa también en los prefijos: “desocupadas”, “desbesados”, “desbrazadas”. Y en “El invierno”, donde la ausencia es frío, porque “Los brazos de la madre ya no arrullan cuentos”. A continuación, nos encontramos con el que, en mi opinión, se erige como el poema más emocionante de la obra: “Lo difícil”, que enumera los detalles que entretejían una rutina imperceptible que queda idealizada tras la muerte, por la imposibilidad de repetirse: las llamadas de la madre por teléfono o los geranios que ella cuidaba y ahora se marchitan. Lo difícil, afirma el poeta dirigiéndose a su madre, es “la costumbre de que tu vida sea sólo un recuerdo”.

Tras tres poemas fúnebres que estructuran un eje de oscuridad en la obra –“La colina mortuoria”, “El aprendizaje del miedo” y “Un cangrejo”-, el poeta asume, al fin, la muerte, y empieza a comprender el mecanismo de la vida en “Pregunta retórica”: “Pero ahora sé que todo acaba, y también por qué se llora”. Decide “vengarse de la muerte” disfrutando de los pequeños placeres de estar vivo. Eso no implica huir del dolor, sino adaptarse a la nueva situación y firmar una tregua con la nostalgia, pues, tal como afirma en el verso más duro y esclarecedor de la obra: “nada cura del cadáver de una madre”.

No hay cura posible, pero esa comprensión comienza a transformar el miedo, el dolor vivo, en una nostalgia suave, en una cicatriz que no se olvida, pero que no impide vivir. Los siguientes poemas se sitúan en esa línea. Entre ellos, “Metamorfosis” resulta revelador:

Nada teme perder quien lo sabe todo perdido.
Ahora ya, el miedo es libre.
La desesperación lo ha hecho valentía.
El único lugar donde un alma habita eterna
es en los corazones rotos por la ausencia.

En “Despedida”, la comprensión llega a su punto culminante cuando afirma el poeta: “Habremos de cuidar los geranios que regabas del balcón”. Sin que muera el recuerdo, el poeta asume que la vida debe continuar, porque es ese “vicio insano de vivir” el que “disimula las heridas”. El último verso de la obra abre una puerta a esa continuidad vital envuelta en alas: “El deseo de volar viaja a contravida”.

Para ese momento, la vulnerabilidad inicial del poeta se vuelto sabiduría. Ha aprendido mucho en poco tiempo. La muerte no solo ha cambiado el mundo conocido, sino también a él. El dolor, el miedo doblegado, le han conducido a una posición de fortaleza. La marioneta, antaño inconsciente, le sonríe a la muerte, porque ha descubierto su secreto: lo único inmortal son los recuerdos. Y la venganza del hombre es ese tópico medieval resucitado: Carpe Diem. Tal vez a esto se refería Luis Cernuda al afirmar que “Para el poeta, la muerte es la victoria”.

La presente obra dibuja un caleidoscopio de emociones, de dolores y esperanzas, de sentimentalidad a flor de piel, en una época en la que huimos a duras penas de la superficialidad poética que nos invade. Paco Ramos, con su consciente verso libre y su intuición humana, se abre así un hueco en el panorama poético actual. Y no podemos sino sentir admiración.

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Guillermina Royo Villanova escribe sobre El aprendizaje del miedo

Guillermina Royo-Villanova escribe sobre El aprendizaje del miedo

«Que no se llore mi pena»

Hace más de un lustro el poeta Paco Ramos Torrejón se revelaba contra la desvinculación de la realidad en la poesía. Algo que por otro lado, es bastante complicado porque ya se sabe que toda la vida es sueño y los sueños sueños son. El universo onírico se despliega en cuanto que vivimos en una realidad menos favorable. Siquiera la poesía tiene esa labor porque la vida es bella en tanto que se acaba. Torrejón sabe que el sueño es tan legítimo como la vida pero nos recuerda que es importante saber que la vida sueña porque se sabe finita.

«El aprendizaje del miedo» de Paco Ramos Torrejón.
«El aprendizaje del miedo» de Paco Ramos Torrejón. Ed. Lápices de Luna (2015)

En aquella época tuve el placer de prologar El aprendizaje del miedo de Paco Ramos Torrejón (2016). Me gustó mucho acompañar a mi amigo en el andar lateral de su crustáceo. Crustáceo cabrón que le bastó a Paco para darle un oficio al miedo. El tema es que llevo unos días dándole vueltas y creo que me faltó algo. En realidad ni el prólogo ni la presentación del libro era lugar para ello. Siquiera creo que a Paco le hubiera gustado entonces. Hoy he encontrado el lugar.

Cuando escribí el prólogo me centré en elogiar esta valiente loa al dolor y al lento camino de aprendizaje al que nos obliga el miedo. Lo hice pensando en qué tanto el miedo como la muerte une a todos los seres humanos. Tarde o temprano todos nos enfrentamos a ello. Incluso en la presentación me atreví a introducir humor cuando comenzaron a aflorar lágrimas en la mesa y entre el público. Pero el virtuoso dolor -nada llorica-, que nos trajo Paco devenía de un hecho concreto: El cáncer le había ido arrebatando a su madre.

De mirar al cáncer a los ojos

A pesar de que por la encarnada cubierta del libro corroteaba un cangrejo, en la presentación tampoco nos centramos en el cáncer a pesar de ser la lacra del SXXI. No lo hicimos porque sentíamos que el dolor individual es el dolor colectivo. Así, aunque sus poemas partían de una experiencia personal, de un dolor concreto, la belleza se desprendía del proceso de aprendizaje hacia ese convivir con el dolor. Cada verso escribía el camino hacia el inevitable desenlace, la definitiva pérdida y el vacío, algo común a todos por lo que en aquel momento no pensé que debiéramos centrarnos en el origen de un terror concreto más que en el encanto que emana de su lírica agarrada a los cuernos del miedo. Una magia, que precisamente deviene de esa evolución que finalmente nos enseña a convivir con el dolor de la ausencia. 

En cualquier caso y evidentemente, si entonces no nos centramos en en cáncer no fue por eludir algo tan obvio, más bien por obviar lo evidente. El poemario era un homenaje a su madre, como madre y a la impotencia de perderla como agua entre las manos. Por otro lado si Paco había perdido a su madre, yo había perdido a mi marido. A ambos nos lo arrebató el cáncer y al fin y al cabo, la razón última del poemario no consistía en recrearnos en la enfermedad -que late en cada poema-, sino afrontar lo implacable y aliviarlo.

Es decir, lo importante es la herencia vital de los que se van, ese aprendizaje al que la experiencia nos empuja. En ningún caso ese querer ser el muerto en el entierro. Y es por ello que no hice hincapié en el tema. No tenía sentido ponernos sensiblones ni hablar de una enfermedad concreta cuando el libro sólo invita a ser fuerte y realista, tan realista como el dolor. Además imaginaos el día de la presentación del poemario dedicado a su madre… Con la emoción y rodeado de familia y amigos, era muy probable que termináramos todos llorando.

Años más tarde, yo misma superé la enfermedad. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos… El tema es que me debí de librar gracias a mi desastrosa vista. Al fin y al cabo el cáncer toca la carne y despierta el alma que ávido te sobrevive ebria, serena y divinamente consciente.

Hoy rescato este poemario empuñando otra espada más concreta: La lucha contra en cáncer. «Hablar» del cáncer que no deja de golpear a nuestras familias y amigos. Porque nos guste o no el cangrejo –El aprendizaje del miedo– de Paco Ramos Torrejón está muy presente y debemos de aprender a convivir con ello. Hoy, sus versos se me antojan ocultos en un caballo de Troya que irrumpe en el corazón del miedo y la muerte para bombear vida. Como aquella revista de Neruda «Caballo verde para la poesía»: Un caballo liberando la yeguada. Así dicho, podría parecer un poemario de autoayuda. Qué estupidez. Porque el arte es en sí terapéutico. Y el cáncer, por desgracia, es tan común como el arte.

El verso troyano de Torrejón ha aprendido a convivir con el dolor y nada tiene que ver con la huída. De hecho, el dolor es más fuerte entre los fuertes. El verso troyano de Torrejón no es aflicción fútil, no viene a aliviar la carga, no es un simple donante. El verso troyano de Torrejón no se engaña. El verso troyano de Torrejón empuja a la vida que ríe y llora.

Prólogo Aprendizaje del miedo

Prólogo «El aprendizaje del miedo» de Paco Ramos Torrejón por Guillermina Royo-Villanova (2016)

Cómo reímos en aquel recital, Paco, cuando en una de tus visitas a Madrid, abrigados por el vino te presenté a un grupo de poetas como una Eminencia en el Amor. Qué bueno es reír amigo, pero qué ciertas eran mis palabras. Hacía poco que tu madre había fallecido y no traías más que pasión en la mirada. Los dos sabemos que la fuerza sin amor de nada vale, a tu lado he aprendido que existe algo tan leal y fuerte como el amor de una madre: el hijo agradecido. 

Hoy tengo en mis manos un poemario que no quiso ser Réquiem sino Zamba…
Presentación del poemario "El aprendizaje del miedo" Paco Ramos Torrejón.
Presentación «El aprendizaje del miedo» junto a Paco Ramos Torrejón

para cantar a su particular Alfonsina, cada verso asume la muerte festejando la vida, porque la muerte sólo es triste para el que no ha pensado en ella. Luchasteis y os despedisteis, ahora desde el balcón yergue tu tristeza junto a sus geranios, un recuerdo constante de que la muerte nos une más que la vida; la sombra del óbito nos acompaña no para suscitar miedo sino para no temer la libertad y abrazar la vida en toda su plenitud. 

Paco Ramos Torrejón nos anima a aprender, a convivir con el dolor, siquiera a transformarlo. Si el dolor es más vida que la vida misma el dolor de Paco son dos dolores y ninguno. Por donde camina este infatigable creador gaditano se contagia el genocidio del miedo. Sabe bien que la verdadera muerte es perder la costumbre de vivir. Nadie puede ya arrebatarle al poeta lo aprendido. No podrá ya defraudarle la poesía y no es cuestión de valentía, sólo un género de vida. Que camine la muerte hacia el que sólo tiembla con el resplandor del sol.

Y aquí nos quedamos para cumplir la esperanza…

Todo se repite. Vivimos a nuestros muertos entregando la vida a un mundo que nos hereda. No hay luz sin sombra ni sombra sin luz, no hay vida sin muerte, querido Paco. Tu madre habla en estas páginas a través de tus versos. Somos sombra de alegrías de los que nos dieron luz y luz por su sombra. Una sombra cosida al torpe cuerpo. Los brazos que arrullaban cuentos, mecen ahora una fábula de invierno que se repite y pesa como el pasado.

Disfrutad, nos dice el poeta en compromiso con el vientre que aún le abriga…

Las líneas se arrojan como el cable inquebrantable del lactante. No hay dimensión que lo tuerza, viajando por todas y quedándose en ninguna. Ese es su viaje, su aprendizaje, su libertad. Paco transita por su dolor para entregarnos belleza. Es más, lo hace sin concebir que el mundo espere otra cosa. Cuando exorciza las ausencias no lo hace con la intención de la huida. Perpetua su presencia. El cuaderno en blanco no es consuelo. Sus versos no se desperdician mendigando compasión, nos animan a no malgastar el paseo, a rescatar el ejemplo. El miedo oscuro se hace luz cuando parpadea el poeta. 

Agradecido pasea por su isla…

El muy canalla se reconcilia con la mitología retando a los dioses. Burla como Orfeo a Caronte para cruzar la Estigia y acompañar hasta el final a su Alfonsina, que se adentra en el mar. La fuerza de su vástago es el auténtico paliativo, heredó el poeta el fulgor por la vida porque «más puede el miedo, Horacio, que la muerte». 

Regresaste Odiseo tras la batalla. Fuisteis reyes en la lucha, después: el cansancio. Se regresa al paisaje con otros ojos. Odiseo ve partir sus naves, Anticlea vela por ti porque veló por ti. Penélope es ahora la vida que te vive mientras el poeta teje. Liberado el miedo todo es vida. Sólo la muerte tenemos pendiente y el que aprendió a morir, vive en plenitud. 

 Temblar con el resplandor del sol es la suerte de conocerte y vivir nuestra última locura.

Guillermina Royo-Villanova

Noticias

El aprendizaje del miedo en Granada Hoy

José Abad, crítico literario y profesor de la Universidad de Granada, reseña El aprendizaje del miedo

Desde el principio, el título del reciente poemario de Paco Ramos Torrejón me hacía pensar en Carlo Emilio Gadda y en aquel particular vademécum suyo: El aprendizaje del dolor, publicado originalmente en 1963. La sensación aumentó al leer las precisas, concisas composiciones de El aprendizaje del miedo (Lápices de Luna): el dolor es un tema recurrente, reincidente, desde el primer poema al último.

Un dolor que tiene una razón de ser: la sombra de una dolorosa pérdida para el poeta recorre los versos de este delicado libro. El dolor aviva el miedo y el miedo condiciona nuestra existencia, de ahí que el poeta se exija (nos exija) no sucumbir a ellos. Al contrario, según él, tenemos mucho que aprender de ambos: el dolor y el miedo son susceptibles de convertirse en engranajes indispensable de una epistemología personal e intransferible. En la primera pieza -titulada precisamente Los poetas del dolor-, Ramos Torrejón se dirige en términos admonitorios a los cantores de amores perdidos: «Escribid de la miseria, / anulad la soga del suicida, / convertid su ritual en imperativo de futuro. / Jugad a que la vida no es en realidad vida». En Pregunta retórica se queja de que unos y otros nos hayan estado engañando, «nos drogaron de ansiolíticos / para no enseñarnos a convivir con el dolor».

A la pregunta de qué significa el miedo para él, Paco Ramos Torrejón responde que es un sentimiento innato: «Por miedo a perder a un hijo una madre es capaz de dar su vida por él. Y viceversa -me dice-. La vida nos planta en ocasiones ante situaciones límites en las que aflora el miedo. Nunca sabemos cómo vamos a reaccionar ante ellas; cuando ese miedo surge descubrimos una parte desconocida de nosotros mismos; nos ayuda, por tanto, a saber de qué pasta estamos hechos. Y nos enseña también que la vida no es sólo un camino de dicha, sino que el peligro acecha en cualquier momento, lo que nos lleva a vivir la vida de una manera más plena y más consciente». Esta reflexión coincide con la expuesta por Francisco Mora en su ensayo ¿Es posible una cultura sin miedo? (Alianza Editorial): «el miedo […] junto a la verdad, la felicidad, la belleza, la justicia, la libertad y la dignidad, sigue siendo pieza central del tablero cognitivo humano. Cierto que el miedo no es sólo una pieza negativa de ese tablero, sino lo opuesto también, es decir, un motor en positivo hacia cambios en la conducta humana que producen el descubrimiento de nuevos horizontes».

En El aprendizaje del miedo se entremezclan dos cauces poderosos que forman vertiginosos remolinos en la corriente: la certeza de que vivir no es fácil ha de vérselas con la convicción de que vivir es imperativo. Abundan las estampas tristes -me resultó especialmente evocadora, no sé el porqué, la de El arte de los ahorcados-; unas imágenes grises contrarrestadas por una firme voluntad de resistencia a la adversidad: «he decidido vengarme de la muerte, / celebrar el sol, la lluvia, los días de frío, / el otoño que viste las aceras», leemos en Pregunta retórica.

La poesía es una defensa contra las ofensas de la vida, escribió Cesare Pavese. Le pregunto a Ramos Torrejón qué significa para él la poesía. Y él me responde: «El proceso creativo de un poema tiene mucho que ver con asomarse a los abismos de uno mismo, allí donde más arraigado se encuentran nuestros sentimientos. Y escribir sobre ellos nos pone en la tesitura de enfrentar nuestro dolor, nuestros miedos, cara a cara, ponernos ante ellos con la intención de interpretarlos y, una vez reconocidos, enfrentarlos. Creo que ese es el papel fundamental que puede ejercer la poesía hoy en día». En resumen: como el dolor, como el miedo, la poesía deviene otra forma de conocimiento. El volumen incluye media docena de ilustraciones de María Kings, que destacan, al igual que las poesías de Paco Ramos Torrejón, por su poder de evocación y su intensidad.