Escribir una novela tiene algo de expedición. Uno puede preparar el viaje, proveerse de mapas y víveres, escoger caminos, prever rutas alternativas, pero una vez se emprende el camino ha de tener el corazón abierto hacia el asombro y lo inesperado.
Conocí a Pedro Fernández Rodríguez como compañero de trabajo. Yo había comenzado a escribir algo que aún no sabía lo que podría llegar a ser, pero pretendía que fuera la historia de un reencuentro que quería localizar en el Valle del Genal. En una de nuestras jornadas laborales, Pedro me contó que él se había criado en el Genal y entre conversación y conversación apareció la historia de su familia y La Sauceda. Cuando me habló de que su abuelo había sido el Presidente del Comité de La Sauceda supe que ahí tenía mi historia. Entre sus testimonios y el estudio titulado El pueblo que un día existió, de Emilio Valenzuela, fui construyendo el libro.
Pero lo que Pedro y yo no sabíamos era la sorpresa que nos estaba esperando y que tenía que ver con esa versión que de su abuelo había llegado a través de las narraciones orales hasta su familia y, por consiguiente, a mí para contarla en Tierra fría.
El hecho fue que, paseando por la Feria del Libro de Jerez, Pedro encontró un libro de Fernando Sígler, Las fosas comunes del Marrufo. Vida republicana y represión franquista en el Valle de La Sauceda. Fernando Sígler es, con toda seguridad, el historiador que con más rigor ha estudiado el bombardeo de La Sauceda. Pedro se llevó el libro a su casa sin saber aún que el asombro le aguardaba, pues dentro del libro se hallaba un papel, en el papel una pista y en la página 250 la reconstrucción que Fernando Sígler hace sobre los últimos días de vida de Pedro Rodríguez Rodríguez y su hermano Juan desde que huyen de la toma de La Sauceda hasta que finalmente son ejecutados.
Esta reconstrucción se lleva a cabo a partir del archivo del procedimiento sumarísimo que ambos hermanos sufren y que custodia en el archivo de La Casa del Memoria de La Sauceda el archivero Juanma Pizarro, a donde Pedro Fernández y yo llegamos emocionados por todos los hallazgos que están surgiendo a raíz de la escritura de la novela. En La Casa de la Memoria, ubicada en Jimena de la Frontera, contactamos con Andrés Rebolledo, quien siguen contándonos una historia que nosotros teníamos a medias. Ese día, de nuevo por obra del azar, mientras conversamos con Andrés Rebolledo, aparece Fernando Sígler, el autor del libro que había desencadenado todo nuestro periplo, en La Casa de la Memoria, y así, como sin quererlo, nos reunimos todos al abrigo de los asesinados que custodian esta historia, la historia de Tierra fría, el libro que más y mejor me ha obsesionado de todos los que haya escrito y que me ha abierto las puertas de tantos silencios y olvidos como alberga el relato del golpe de estado franquista y el estudio de la memoria histórica.
Sin todos estos hallazgos y sin la participación de Pedro Fernández Rodríguez, Emilio Valenzuela, Fernando Sígler y Andrés Rebolledo, no habría podido escribir este libro. Ellos conforman las figuras claves para su escritura y, por ello, desde aquí, expreso mi agradecimiento y todo mi respeto.



