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Tierra fría. Paisaje y contexto histórico

Cuando la ciudad de Ronda fue conquistada por los Reyes Católicos en 1485, los pobladores expulsados se refugiaron en un bosque cercano de laderas escarpadas y profundos valles. Lo bautizaron con el término “Sauce”, que en su lengua original se traducía por “lugar sagrado e inexpugnable”. Es así como comienza a nacer la población de La Sauceda.

La Sauceda es un valle esculpido por el río Hozgarganta en los límites de las provincias de Cádiz y Málaga. Densas laderas de alcornocales y montañas de roca caliza moldean su paisaje, un paisaje por el que en algún momento apareció don Miguel de Cervantes, pues en su Coloquio de los perros, de 1613, la población de La Sauceda ya aparece como tal.

Su estructura no cumplía con los patrones del pueblo andaluz, era, más bien, un diseminado de doce aldeas comunicadas y relacionadas entre ellas que pertenecían al término municipal de Cortes de la Frontera, en cuyo padrón municipal de 1924 se agrupan bajo el nombre de La Sauceda y se las data con una población de 1395 habitantes.

Esta estructura no impedía que se desarrollara la actividad normal de cualquier pueblo. En La Sauceda, además de una ermita que servía como centro social y de celebraciones, había dos escuelas, un molino, tres zapaterías, varias tiendas, dos hornos, carnicerías, herrerías… Es decir, mantenían un modo de vida independiente alrededor de todo el tejido que ellos mismos generaban, al que se sumaba la principal actividad económica de la zona: el corcho.

Emilio Valenzuela, en su estudio El pueblo que un día existió, cuenta que en La Sauceda primaba la idea de que los bienes se podían repartir. “El molino, el horno y una parte del ganado y de la siembra eran comunitarios y sus beneficios servían para el sustento de todas las familias”. Concluye afirmando que “La Sauceda era el diamante en bruto, la cúspide de lo que quería llegar a ser la Segunda República en cuanto a organización y convivencia”. Y todo ello dentro de un paraje idílico.

Pero toda esa calma y ese bienestar se truncaron el 31 de octubre de 1936, cuando cuatro aviones Breguet, pertenecientes al ejército sublevado, sobrevolaron sus cielos bombardeando el poblado. Fue el primer bombardeo sobre población civil que se produjo tras el golpe de estado.

Las tropas del ejército franquista habían entrado por el estrecho unos meses antes y en poco tiempo se habían hecho con el control del Campo de Gibraltar. Los habitantes de sus pueblos fueron huyendo y refugiándose hacia el interior, llegando muchos a La Sauceda. Parecía cuestión de tiempo que los golpistas llegasen hasta allí. Pero el ataque no acabó con el bombardeo, porque al día siguiente cuatro columnas militares, compuestas por entre 2000 y 3000 hombres, según el historiador Fernando Sïgler, llegadas desde diferentes, puntos atacaron la zona por tierra arrasando lo que no habían arrasado las bombas. El objetivo era rodear La Sauceda desde los cuatro puntos cardinales para que no pudiera escapar nadie. Fue así como quemaron las chozas que habían sobrevivido al bombardeo y asesinaron, torturaron, violaron y robaron todo lo que se les puso por delante. Fueron dos días de asesinatos y atrocidades ante los que los habitantes de La Sauceda apenas pudieron defenderse. No eran guerrilleros ni eran personas instruidas para ninguna batalla. No fue una batalla. No fue una guerra. Fue un exterminio.

Así desapareció la población de La Sauceda y comenzó su olvido, un lugar por el que cada fin de semana transitan cientos de senderistas sin saber el horror que allí vivieron los que moraban sus bosques hace ahora 90 años.

Y este es el lugar, el paisaje y el contexto histórico en el que nace Tierra fría. También es el propósito, rescatar del silencio y del olvido este suceso y que se le reconozca la relevancia que se merece.

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Jose Magano o el hecho de mirar sin ver

Dice Jose Magano que se puede perder la visión, pero no la mirada.

J. M. Magano es un fotógrafo con ceguera. Su proceso de pérdida de visión ha sido lento, progresivo, un camino que en cualquier circunstancia podría haberlo alejado de una pasión por la fotografía, y una forma de habitar el mundo, que lleva cultivando desde hace más de treinta años y, sin embargo, su capacidad de resiliencia, y también el amor, han conseguido potenciar su trabajo, alcanzar una forma de mirar que otorga a su fotografía un sentido especial, único, arrolladoramente vivo.

La visión, como afirma Magano, es un sentido y como tal puede perderse, pero la mirada abarca mucho más. Ver es sentir, mirar es interpretar lo que nuestros ojos ven y en ese mirar entran en juego nuestras emociones, nuestros sentimientos, todo lo que en nuestro mundo interior configura los procesos creativos y dan como resultado la experiencia estética. Dicho de otro modo: mirar sería algo así como captar lo no visible, hallar en el hecho fotográfico significados paralelos o aspectos simbólicos. Puede que afuera esté oscuro, pero todo amanece en un mundo interior: es en ese mundo interior donde se establecen relaciones y correspondencias que dan lugar al hecho artístico concreto.

Decía el místico Ibn Arabi que en el camino hacia la visión la imaginación es un mundo intermedio por ser el lugar donde todo adquiere otro aspecto, todo remite a otra cosa, todo puede, en último término, revelarlo todo. En ese estado de transformación Magano recurre a la Calitipia, un proceso fotográfico del siglo XIX con el que consigue sustituir la visión por el tacto sintiendo, de esa forma, todo lo concerniente a un proceso artesanal, pues la enseñanza del tacto no recurre a los ojos sino que, como afirma Clara Janés, la experiencia del tacto es directa, permite recorrer un ángulo, un plano, una esfera; y también que el fotógrafo se fusione con el papel que interviene, con la emulsión, con los químicos que ayudan a nacer la imagen.

Es por todo ello que hay algo innato en el hecho de fotografiar, algo que no se enseña, que no se aprende, sino que se encuentra. Cada fotógrafo crea su propio mundo y Magano ha conseguido crear ese mundo propio donde la belleza sigue ejerciendo su reinado y que se observa en Mucho por ver, el libro que Jose Magano ha publicado con la colaboración de la ONCE y de Materia Editorial, en el que el fotógrafo nos ofrece una recopilación de su trabajo.  

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Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura. De Jorge Morcillo

Hace mucho tiempo, unos amigos me prepararon una cita a ciegas. “Te va a gustar”, me dijeron. Y todo empezó bien. Efectivamente, hubo una buena predisposición al vernos, pero todo empezó a torcerse cuando empezamos a hablar de aquello que nos gustaba. Más concretamente cuando le dije que yo pasaba muchas horas leyendo y ella me contestó: “Leer está bien, pero hay que salir, la vida está fuera, en la gente, en las personas, en relacionarte, no en quedarte en casa leyendo.”

Jorge Morcillo ha escrito uno de esos libros en los que cualquiera puede llegar a entender que la literatura puede ser una pasión, un amor, y no una forma de pasar el tiempo por pasarlo, sino una forma de vivir.

Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura, es una memoria lectora, pero no tan sólo eso, no es una simple enumeración de lecturas, sino que todas esas lecturas se van mencionando a la vez que se relacionan con periodos de la vida del autor desde el primer destello, en el que un niño es castigado por sus profesores a pasar las horas de escuela en el “cruel” encierro de una biblioteca escolar que le abrirá las puertas del mundo: “No sospechaban que me acababan de desterrar a uno de los pocos sitios donde podía ser feliz.”

A partir de ese momento, la vida va pasando por sus diferentes etapas siempre de la mano de algún libro: las ansias de libertad del adolescente que sueña con Huckleberry Finn, los periodos de convalecencia de la mano de Gavroche, las estaciones de trenes lejanas donde un polaco descubre a Jorge Morcillo las maravillas de Laszlo Krasznahorkai muchos años antes de que le diera un nobel que, sin mencionarlo, el autor reclama a gritos durante el libro, tal es el deslumbramiento.

Leer es vivir tiene momentos de una clarividencia literaria abrumadora: “toda gran literatura y toda gran creatividad nace de la necesidad de afrontar nuestras batallas perdidas. En realidad, sólo importa la dignidad del que sabe que todo está perdido y no por ello deja de seguir luchando.”; declaraciones de amor dignas del más pasional de los enamorados: “Cuando la inteligencia y la belleza caminan juntas el universo tiembla y todo cobra sentido.”; Y también momentos para la rebelión: “El mundo laboral es enemigo de los lectores y sólo sirve para mantener a una plutocracia infecta que nos vampiriza los mejores años de nuestra vida.”; o para la crítica más certera y despiadada: “Hay montado todo un entramado empresarial para tomarles el pelo a estos lectores (a quienes consumen Premios Planeta y otras patrañas, se refiere Jorge Morcillo), con escritores que no merecen ningún respeto y que se prestan muy gustosos a estos actos despreciables de hipocresía. Son “los advenedizos”. Los escritores sin ningún tipo de dignidad y calidad. Una chusma que prolifera como las cucarachas e invade los espacios de la cultura.”

La lectura de Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura, es capaz de generar más lectores que cien años de sórdidas aulas. La nómina de autores referidos y pasiones engendradas es inmensa. Emocionante es el fragmento que Jorge Morcillo dedica a otros autores de Niña Loba Editorial en una muestra de respeto, generosidad y justicia hacia quien se bate en duelo con las palabras para componer una buena obra sin más pretensión que el puro amor por la literatura: Yordanka Almaguer, Emilio Picón, Mayte Blasco, Alicia Andrés Ramos, Cecilio Gamaza Hinojo, Gorza Maiztegui Zuazo, Francisco Plata, Paula Aparicio Cejudo, etc, son referidos “por su talento y honestidad creativa”, así como Darío Méndez, director de Niña Loba Editorial, por “caminar a contracorriente de lo que actualmente  se edita en este país.” Dice Jorge Morcillo: “La literatura más arriesgada vive siempre en las editoriales más independientes.”

La cita que mis amigos me concertaron con aquella muchacha, desde que me animó a dejar la lectura para salir a la calle, transcurrió ya sin pena ni gloria por el simple hecho de ser educado. Lo que me apetecía era salir de allí inmediatamente. Hoy en día, después de leer Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura le hubiera dicho lo que su autor afirma:

“A los que solemos leer a diario nos interesa tanto la vida como la literatura y casi consideramos a las dos complementarias y al mismo nivel. Yo he vivido más y mejor porque he leído todo lo que he podido, y he leído todo lo que he podido para vivir más y mejor.”

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Enero

Fotografía de Susan Burnstine

(Fotografía de Susan Burnstine)

«Enero tiene algo de drama. Enero es soledad. Un animal hambriento. Un telón a medio bajar mostrándonos sus penas. Para que no lo olvidemos. Para que lo sigamos aplaudiendo con nuestras lágrimas. Regalándonos sus aullidos para alimentar el insomnio. Un cachorro que sueña con la luna. Todo lo malo sucede en enero. Enero con sus nieves, con sus brumas. Dejando caer sus amenazas junto a la niebla, pequeñas jaurías de partículas cenicientas. Una ruina cercada, con su verja. Con sus dedos índices de óxido señalando siempre al cielo, acusándolo, advirtiéndole: aquí no se aceptan milagros. Las malas noticias llegan siempre en enero. Un palacio desaliñado con sus flequillos de cortinas rotas asomando por las ventanas. Como si dentro soplara el viento. Ese susurro de lo inevitable recorriendo sus paredes desconchadas de futuro. Jugando a ser música entre sus facturas de adobe y sus esguinces de bisagras. Treinta y una habitaciones llenas de fantasmas dormidos.»

Este inicio pertenece a Enero, el portentoso libro sobre el duelo que escribió Ángeles Sánchez Portero (adjunto aquí el booktrailer, que no es menos portentoso: https://www.youtube.com/watch?v=1I-X7oUJzTQ )

Hace ya tres días del accidente de los trenes en Adamuz y hasta hoy no he podido escribir nada. Que el accidente se haya producido en una vía por la que he pasado con frecuencia lo lleva hasta el terreno personal. Uno se hace cargo del horror. Siempre que hago ese trayecto, espero a pasar la estación de Córdoba para asomarme a la ventanilla y deleitarme con el verde de los últimos bosques andaluces antes de llegar a La Mancha. Árboles, desfiladeros, ríos… Si es a la vuelta, cuando llego a esa zona ya me siento en casa. Pero el domingo, la desgracia esperaba agazapada a los viajeros de los dos trenes en ese paraje hermoso que, de pronto, se tornó infierno.

Un enero de hace tres años, una hemorragia digestiva estuvo a punto de llevarme por delante. Diecisiete días de hospitalización, cinco bolsas de sangre para reponerme. En enero de 2013 mi madre fue diagnosticada del cáncer que acabó matándola.

Y ahí está el libro de Ángeles Sánchez Portero, como una premonición o una amenaza:

Enero tiene algo de drama

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Finlandia, de Marisa Martínez Pérsico

La poesía tiene algo en común con los viajes; uno afronta un viaje, o se enfrenta a la página en blanco, sin saber que en realidad va en busca de sí mismo. Esto lo sabe muy bien Marisa Martínez Pérsico (Argentina, 1978), poeta, traductora, profesora universitaria e investigadora, que, en Finlandia, libro publicado en 2021 por RIL Editores, unifica los dos escenarios: la poesía y los viajes.

Pero Finlandia no es un poemario sobre un lugar externo, sino un viaje a lo desconocido del alma humana, a las habitaciones cerradas del corazón propio, un viaje interior más que exterior. Es por ello que los poemas buscan las raíces del vencido, la herida no cerrada (cuando esa piel se cura / nunca vuelve a sentir), lo débil que nos hace humanos (la vida / se define en su punto de fractura/ y la construimos / en el hueco que se forma), los errores en los que seguir cayendo (el apego a las caídas, / la obstinada / constancia de palpar / el vacío). Esos peces de ojos tristes que seguimos eligiendo en el mercado.

Esa tarde supiste que soy como Finlandia.

Sólo puedo existir

si me imaginas.

Es difícil no imaginar a Marisa Martínez Pérsico después de leer Finlandia. La literatura, ya lo saben, parte de esa experiencia individual que en manos del lector se convierte en colectiva. Transitar las páginas de este poemario es ponernos frente a frente con la vida de uno mismo, con aquella que encerramos y sólo vislumbramos a través de la poesía o los viajes. Finlandia existe porque existimos nosotros y Marisa es esa hada que precisa de la fe del lector para seguir volando.

Decía el poeta José Hierro que “es, cuando más se siente el alma, cuando la llevamos herida.” Y afirma Marisa Martínez Pérsico que “Otra cosa es la muerte. / Que la arena no pueda dibujar / unos pasos que existen.”

Imaginen. Imaginen Finlandia e imaginen a Marisa Martínez Pérsico.

Existe. Se lo aseguro.

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Compañeras

Se llaman Carmen y Teresa y son hermanas mellizas. La fotografía está tomada el día de su comunión. Supongo que momentos antes de entrar en la iglesia. Carmen era mi madre, es mi madre. Aún no entiendo de la conveniencia de usar el pasado al hablar de personas que han fallecido, por mucho que su cuerpo ya no esté en este mundo mi madre sigue siendo mi madre.

Ellas, Carmen y Teresa, se llamaban por teléfono a diario y se llamaban, la una a la otra, compañeras, a pesar de que las circunstancias hicieron por alejarlas una y otra vez. Siendo una niña Teresa se mudó de casa debido a la crudeza económica de la posguerra. Fue criada por Juana, su tía, hermana de mi abuela, casi vecinas, en un entorno de salinas y esteros en el que ambas niñas continuamente se buscaban.

Se enamoró Teresa, siendo aún menor de edad, de un guardia civil que poco después sería destinado lejos de allí, todo lo lejos que las carreteras de entonces mantenían a San Fernando de Zahara de los Atunes, que todavía estaba más lejos de saber que pasados los años sería el destino turístico que es hoy. Las familias acordaron la boda. Teresa se casó con aquel guardia civil, Lorenzo, y Carmen partió con ellos, de carabina, a aquel destino lejano de Zahara de los Atunes, a una casa que ni siquiera tenía luz eléctrica y que no sabía todavía que iba a acabar convirtiéndose en uno de los epicentros turísticos del litoral gaditano.

Luego, Lorenzo consiguió un destino más cerca de su tierra, y se fue con Teresa a Estepona, y aquellas mellizas volvieron a tener que separarse.

En la patria de mi infancia recuerdo con especial alegría dos momentos: cuando venían mis tíos desde Estepona y esperábamos, impacientes, a escuchar el claxon del coche que indicaba la llegada de mis primos para así iniciar días de juegos compartidos hasta la despedida. Pensándolo hoy, aquello suponía una experiencia de tiempo finito con la que la vida empezaba a enseñarnos la lección de que todo acaba. Nosotros, niños ajenos a la melancolía adulta del paso del tiempo con sabor a asesino, sabíamos exprimir aquellos instantes hasta el momento de la despedida y el retorno a casa, cuando el cansancio se hacía dueño de nuestros cuerpos y nos íbamos a la cama sin que nadie tuviese que pedírnoslo. El otro es el del trayecto contrario, cuando éramos nosotros quienes visitábamos Estepona, cosa que ocurría todos los veranos y algunos años en navidad.

Viajar a Estepona, para mi hermano y para mí, suponía llegar a un mundo exótico en el que el turismo ya empezaba a ser un gran invento. Allí veíamos extranjeros, escuchábamos otros idiomas y nos contaban historias de éste y otro famoso que habían pasado por el pueblo. Para mi madre suponía el reencuentro con su hermana y gozaba de aquel tiempo compartido. Siempre quería volver a Estepona.

Rememoro cómo cuando estuvo recuperada de la operación de aquel tumor que terminó acabando con su vida hicimos un viaje a Estepona: “A lo mejor esta es la última vez que vengo”, dijo. Y tuvo razón. La quimioterapia y la merma de su cuerpo y de su vida le impidieron volver.

Recuerdo la primera vez que viajamos sin ella mi padre, mi hermano y yo. Había una nostalgia feliz en el ambiente, recordábamos viajes lejanos en el tiempo, momentos que creíamos perdidos en la memoria, y reíamos con ellos. Qué duda cabe que habíamos sido felices. También recuerdo cómo al volver, en un momento dado del trayecto, al mirar por el espejo retrovisor interior y no verla, me embargó un profundo sentimiento de desasosiego. Su ausencia en el asiento trasero, en el coche, me hacía creer que la hubiéramos abandonado, me era imposible pensar que mi madre ya no viajase con nosotros. Me era insondable su ausencia.

Me gusta volver a Estepona y charlar sobre ella. Recordar sus buenos momentos con mi familia y ver a mi tía, melliza de mi madre, casi su mismo rostro y su misma sonrisa. Es como si en ella obtuviera un asilo político de la muerte de mi madre.

Encontré la foto en el perfil de Whatsapp de mi tía. Quizás para ella sea la forma de ser, al fin y para siempre, compañeras.

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También somos nuestros paisajes

En los largos viajes por carreteras secundarias hay una oportunidad de mito o de sueño que aguarda en cada cruce. En lo desconocido, se abre la posibilidad infinita del asombro. En cientos de kilómetros hay tantas ocasiones como curvas o lugares donde parar a respirar la calma y olvidar la prisa moderna de las autovías. La Estrada Nacional II de Portugal se me antoja el lugar ideal para revivir la vieja emoción de quienes en la huida sin destino encuentran su refugio.

Era junio de un año cualquiera. Habíamos iniciado el viaje unos días antes en Chaves, kilómetro 0 de la mítica ruta que atraviesa el país de norte a sur hasta llegar a Faro. Fue en Santa Comba Dão donde el dueño del apartamento en el que habíamos pasado la noche nos habló de las Aldeias do Xisto, en la región centro, inmersas en la sierra de Lousa. Para llegar debíamos desviarnos, pero qué obligación tiene de seguir un camino quien no se plantea un destino.

Aquel hombre nos dijo que se trataba de veintisiete aldeas, muchas de ellas abandonadas, construidas con Xisto (esquisto en castellano). No tardamos en decidirnos. Después de una breve incursión digital decidimos salirnos del camino marcado en la Nacional II para poner rumbo a Talasnal.

La llegada a Talasnal se hace a través de Lousa y la pendiente de subida es tan pronunciada en las primeras rampas que, apenas recorridos unos metros, la altura ya es considerable. Desde las primeras curvas la vegetación se ha adueñado del camino. La vista se ha poblado de un verde rotundo y exquisito y por las ventanillas se cuelan los olores de la primavera tardía. Hacemos el recorrido hasta Talasnal despacio, recreándonos en el paisaje hasta que de pronto aparece.

Talasnal es una aldea de piedra, pequeña y coqueta, un pequeño espacio abierto dentro de un frondoso bosque. Apenas hay un par de restaurantes y tres casas rurales y sus calles serpentean entre el Xisto y las hortensias. No es que tenga muchas calles, una principal que recorre el pueblo y las que de ella salen para llegar a las viejas puertas que cierran la intimidad de las casas, aunque éstas apenas alberguen a un total de diez habitantes.

Cualquier esquina abierta nos regala un mirador a la sierra de Lousa, montañas de verde en una kilométrica extensión donde la vista se pierde.

Una de las pocas puertas abiertas que encontramos nos lleva a atravesar un pequeño bar hasta una de esas terrazas-mirador, en la que pedimos un par de cervezas y una tabla de quesos de la zona. Julio y yo no decimos nada, pero miramos felices al horizonte para el que no hacen falta palabras. Aquí no existen muchas de ellas: hormigón, asfalto, ascensores, centro comercial… Aquí el mundo es mucho más tradicional y primitivo.

Esta semana ardió la sierra de Lousa y las montañas de Açor; y, con ellas, algunas de las Aldeias do Xisto. El fuego se quedó a las puertas de Talasnal y el monte ahora es un mar de ceniza, un manto gris que lo cubre todo. Hasta los sueños.

El fuego arrasa hasta donde no se ve. La desolación del paisaje calcinado se adentra en los recovecos del espíritu. Lo que fue ya no existe y tal vez no tengamos posibilidad de volver a verlo nunca como lo conocimos. Algo desaparece para siempre.

Miro las fotos de Talasnal y la felicidad de aquel momento y un rayo melancólico me atraviesa de parte a parte. Algo se ha muerto también con los árboles.

También somos nuestros paisajes.

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Mark Steinmetz y el deseo de huir

Siempre hay algún libro que espera en algún lugar concreto el momento de cambiarnos la vida. Puede que ese momento, ese día, no suceda nunca y su vida no deje de ser como cualquier otra vida, la de una persona que acude a su trabajo, cuida de su familia, anima a su equipo y de vez en cuando baja al bar a compartir una cerveza con sus amigos. Pero también puede que suceda, que aparezca ese libro capaz de cambiarle la vida y entonces ya no pueda separarse de ella nunca, de la literatura y hasta tal vez sea ella la que llegue a darle sentido.

A mí me pasó un día estando en el instituto. Siendo un adolescente con alma de niño perdido me llegó ese libro de manos de una compañera con quien hasta entonces sólo compartía canciones. Se llamaba Nunca seremos estrellas del rock y lo firmaba Jordi Sierra i Fabra. Ventura era el nombre de su protagonista, un joven inadaptado que emprende una huida de todo y de sí mismo; un rebelde, un rockero, un adorador del club de los 27. Entre sus páginas Kurt Cobain, Janis Joplin, Jim Morrison o Jimi Hendrix acompañaban a Ventura en su fuga hacia ningún lugar, pero de entre todos los músicos y todas las canciones subyacía una que transcurría a lo largo de ese viaje: se trataba de Born to run, la mítica canción de Bruce Springsteen que alguien interpretó alguna vez como una llamada al suicidio.

Era Born to run la epopeya inspiradora y valiente de aquellos que buscaban algo mejor en la vida, de quienes pisoteados por el sueño americano se lanzaban a la carretera en busca de amor y aventuras, vagabundos nacidos para correr en una perpetua huida.

La cultura norteamericana, en sus distintas disciplinas, está plagada de este mito de huir de ese sueño americano pérfido y pútrido que sepultó no a pocas personas y las arrastró a un mundo de suburbios que no aparecía en sus proclamas. En la literatura lo pusieron de manifiesto desde Manhattan transfer de Dos Passos, o el realismo sucio de Carver en la narrativa, hasta el Aullido de Allen Ginsberg y la Generación Beat en la poesía. En la música el propio Springsteen, Bob Dylan o Roy Orbison cantaban para los solitarios, pero también en el cine aparecen manifestaciones de fuga ante lo feo de una sociedad que se vuelve agresiva. Thelma y Louise se convierte en la Road Movie por excelencia en la que subyace una historia de malos tratos, como también sucede en Locos en Alabama aquella película en la que Antonio Banderas adaptó la novela de Mark Childress y en la que aparecía una Melanie Griffith portando la cabeza de su marido en una fuga hacia sus sueños tras abandonar el mundo que la oprime.

Recientemente he conocido la obra fotográfica de Mark Steinmetz deteniéndome especialmente en su libro de fotografías South central, del que el propio Steinmetz confiesa haber hecho muchas de las fotos desde la propia ventanilla de su coche. Aparecen en este trabajo personajes solitarios con miradas dramáticas o desasosegantes. Los escenarios, muchas veces al borde de una carretera, dan sensación de movilidad y las sensaciones, a través de esas miradas de seres de inframundo, dan aspecto de huida. No sé si South central nace con una intención de reflejar el sur de los Estados Unidos o es una road movie en la que el fotógrafo nos muestra esa nueva fuga, ese alejamiento o esa realidad, fuera del American Way Of Life, tras la que subsiste todo un submundo de inadaptados, de personas que huyen y de otras que esperan una vida que no llega, pero el hecho es que en sus fotos veo a Ventura y también me veo a mí, con el alma de niño perdido, tratando de escapar de ese tipo que la sociedad quiere que sea pero sabiendo que nunca seré una estrella del rock. Como ese libro que me cambió la vida.

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La magia de la escritura

Se llamaba Paquita Real y tenía 82 años cuando asistió a una lectura que tuve el placer de celebrar en un pueblo entre pantanos, San José del Valle.

Tengo la sensación a veces de que la poesía no llega a ser suficiente, la vida se impone majestuosa y firme. En 82 años caben muchas vidas y Paca dice con orgullo que ella es vieja: -Mayor-, la corrigen algunas de sus compañeras. –No, yo soy vieja y mira lo bien que estoy-. Contesta recreándose en su afirmación. La ancianidad es esa época de la sabiduría donde el momento presente se hace templo y conquista. Paca es una victoria diaria.

Vengo a hablarles de poesía con la impresión de que debo ser yo el que escuche. Toda vida relata una historia maravillosa, hay una novela en cada uno de nosotros y en el centro de mayores activos de San José del Valle me hallo ante una biblioteca de personas. Rápidamente me doy cuenta de que soy yo el aprendiz. Paso por los poemas y la lectura como de puntillas y echo de menos la mesa camilla y la conversación. No demoro el momento de darles la palabra y vuelve a ser Paca quien toma la iniciativa. “Los que escribís tenéis que tener una cabeza privilegiada, porque yo me pongo y no me sale nada”, me dice. “No digas eso, Paca”, y la tuteo con la seguridad de que su orgullosa vejez y mis atrevidos treinta y tantos comparten el mismo mundo. “Seguro que tú también sabrías hacerlo –argumento- pero tienes que perderle el miedo a la escritura”.

Ella insiste, no sabe escribir. Se pone y se pone y no salen las palabras. Y yo le digo que me cuente lo que hizo ayer y ella comienza su historia: Un viaje a Jerez, un autobús equivocado que la deja en un lugar desconocido a sus 82 años. Un taxi en el que se monta sin dirección, observa las calles e indica al taxista cuando le suena algún edificio o algún parque. Paca es ahora un GPS conectado al satélite de la memoria. Mil vicisitudes hasta llegar a casa de su hermano, pero al fin llega después de un relato que se prolonga en la mañana y que desata las risas de sus compañeras y la mía propia.

Paca no lo sabe, pero en la inocente aventura de visitar a su hermano están todos los siglos de la historia literaria: el viaje de Ulises, los caminos de don Quijote, José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán atravesando el páramo para fundar Macondo. La literatura siempre empieza por un viaje, la primera de las funciones de Vladimir Propp, y le digo a Paca que en su relato acaba de contar una versión moderna de Caperucita, afortunadamente sin el lobo, pero que el taxista podría haber sido el lobo, la pizquita de ficción que añadida a su experiencia hubiera hecho de su viaje literatura.

Y ahora sí, por primera vez en la mañana Paca no replica, le brillan los ojos y me mira con fijeza. Puede que hoy, cuando llegue a su casa, Paca escriba.

Me despido de los trabajadores del centro de mayores activos de San José del Valle y me dicen que por qué no he ofrecido la venta de mis libros. No tengo que pensar demasiado la respuesta. Mi misión hoy era llevarme mucho más de lo que pudiese dejar.

Y que Paca escriba su relato. Ojalá.